Análisis

Juan Ruesga Navarro

¡Tocar madera!

Septiembre comenzó con el incendio del Museo Nacional de Rio de Janeiro. Una catástrofe para el patrimonio mundial y para la historia de Brasil. Que se podía haber evitado o al menos minimizado si todas las medidas de protección contra incendios que exigen las normas hubieran existido o funcionado. Porque, aunque el posible cortocircuito se originó de noche, si los detectores de humo hubieran disparado los rociadores automáticos, cerrado las puertas cortafuegos aislando el origen del fuego y sonado la alarma en los bomberos, ahora estaríamos con seguridad hablando de otra dimensión de la tragedia. Ya habrá tiempo para saber qué falló. Qué instalaciones faltaban y de qué manera los recortes presupuestarios de los últimos años habían afectado a las existentes, en las que se detectaron múltiples fallos, empezando por los propios cables que se quemaron.

Los incendios en arquitectura son una constante y no siempre son evitables. Se pueden detectar en los primeros momentos, acotar, conseguir que las personas evacuen rápidamente el edificio. Y así desde hace siglos. Los que profesionalmente nos dedicamos a la arquitectura teatral sabemos que uno de los grandes enemigos de los teatros ha sido el fuego. Numerosísimos teatros han sido pastos de las llamas desde el siglo XVIII hasta hoy, entre los que destaca sobremanera La Fenice de Venecia (1792), que ya ardió en 1836 y el último incendio que lo redujo a cenizas fue en 1996 mientras se realizaban obras de acondicionamiento para dotarlo de sistemas de seguridad homologables con otros teatros. En España, el Liceu de Barcelona ardió completamente en 1994 durante unas obras de mejora y, en Sevilla, el Pabellón de los Descubrimientos de la Expo 92 se quemó a pocos meses de su inauguración. Hay momentos de alto riesgo de incendio en las edificaciones, justo cuando se están terminado los trabajos o haciendo reformas parciales. Pero habitualmente estos accidentes no tiene una sola causa. Falta de instalaciones adecuadas de seguridad y protección. Falta de mantenimiento. Exceso de confianza. Todas ellas y alguna más se unen para producir estos accidentes fatales.

Hay que prevenir, actuar y después reconstruir, con una buena póliza de seguros que, aunque sorprenda, no en todos los casos está suscrita o al día en estos edificios tan vulnerables. El gran incendio de Londres de 1666, que comenzó en una pequeña panadería, fue el origen del seguro de incendios y desde entonces las aseguradoras de todo el mundo han cubierto esos riesgos. Todos recordamos ver azulejos y pequeñas placas en el frente de nuestras casas, como señal de previsión. El arquitecto Christopher Wren, que edificó la Catedral de San Pablo de Londres tras el incendio mencionado, situó en el frontispicio una gran Ave Fénix con la leyenda latina Resurgam ("me levantaré de nuevo") como muestra de la determinación de los londinenses con su ciudad tras el desastre que la arrasó. Tomar las medidas adecuadas es importante, pero como en la canción de Manolo Tena: "Si no es por superstición/ puede ser por precaución,/ pero de todas maneras, ¡tocar madera!".

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