Análisis

Roberto Pareja

¡Por todos los demonios!

Ha llegado el día D, de diabólico. El endemoniado procés llega al banquillo.

La Generalitat considera que es "la persecución política más fuerte desde el franquismo" y sólo dará por buena la absolución de los 12 procesados. El soberanismo presenta el proceso judicial como un nuevo punto de inflexión que debe inclinar la equilibrada balanza entre independentistas y constitucionalistas en Cataluña hacia los primeros.

Desde la otra orilla confían en que el juicio ponga el epitafio al procés, al que consideran un golpe de Estado fallido, y en que en su caída arrastre a ese "traidor" que, según la triple derecha, se ha plegado al rodillo secesionista disfrazando de diálogo su sumisión y que sólo trata de ganar tiempo y estirar su estancia en Moncloa.

De ahí deriva la principal subtrama del pandemónium: la aprobación de los Presupuestos, virtualmente condenados a la papelera tras las seis enmiendas a la totalidad (incluidas las del PDeCAT y ERC) que, para rizar el rizo del ángel caído, se debatirán también hoy en el Congreso. Sin el apoyo de los dos malignos, el susodicho (Sánchez) no podría tirar ni de decretos. Y su crucificación estará servida.

Ha sido la polisémica figura del relator -un mero coordinador para los unos; una impostada símbolización de mala calidad democrática para los otros- la que ha roto la baraja, con el as en la manga del fantasma de los indultos.

La gran clave del luciferino pulso es si hubo o no rebelión, como sostienen la Fiscalía y Vox, por la supuesta "fuerza intimidatoria" de la movilización ciudadana orquestada por la Generalitat para que el Estado español doblara el espinazo. La Abogacía sólo ve un delito de sedición. Las defensas presumen de pacifismo y sólo han divisado una violencia, la policial...

Lo más mefistofélico del juicio es que va a servir de escaparate de lujo (con más de 600 periodistas y de 170 medios nacionales e internacionales) para Vox: el anticristo de mujeres, homosexuales, animalistas y autonomismo es la acusación popular.

Y ahora se saca Sánchez su penúltimo conejo de la chistera y amenaza a los independentistas con elecciones generales justo el glorioso 14 de abril, mezclando este infierno con la ya harto demonizada II República española.

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