Análisis

José Ignacio Rufino

Sus majestades los datos

Se desarrolla a velocidad de vértigo software de control de cualquier movimiento o relación de las personas en los trabajos Con voz de la niña de 'Poltergeist', saludemos el advenimiento de los datos: "Ya están aquí"

Una compañía nacida de la nada, con apenas sus promotores en la plantilla, suele confiar su funcionamiento y coordinación al contacto personal entre sus empleados, a las reuniones, las conversaciones de teléfono o la mensajería digital, incluso a la charla frente a la máquina de café. Cuando la empresa crece, se establecerán niveles jerárquicos, y el control se complicará y hará necesario el cargo de supervisor, alguien que manda sobre otros y los vigila. En una tercera fase de complejidad y tamaño, las organizaciones se dotan de normas, procedimientos, objetivos funcionales y personales concretos, y también emplearán a personas con perfiles adecuados, que ya traen la formalización en sus genes profesionales. Si ha llegado usted hasta aquí, se habrá sospechado que este esquema de cómo nacen y crecen las estructuras empresariales va oliendo a rancio. Y que la coordinación -prima hermana del control organizativo- está mutando seriamente, o mejor radicalmente: y más que va a mutar, hasta hacer saltar por los aires este esquema clásico que propuso un momio egregio, el académico canadiense Henry Mintzberg. Quienes mandan o pronto mandarán en las oficinas, centros de trabajo, estrategias comerciales, gestión de recursos humanos, finanzas y, en suma, todo son los datos.

Sus majestades los datos, los extraídos no ya de la cesión gratuita de nuestra intimidad a Facebook para que -ése era el negocio- la red social se los venda a mercadotécnicos o inquietantes firmas de marketing político. No sólo esos: también los que se puedan captar de los movimientos de cada empleado en su oficina, de sus desplazamientos fuera de ella, de las veces que visita el baño, de la cantidad de palabras que intercambia con otros empleados, y hasta de la forma de teclear: todos estos datos y otros igual o más sofisticados son objeto de programación y software, y sustituirán de forma copernicana a los mecanismos de coordinación que hemos sintetizado más arriba: los está fulminando, y va sustituyendo a las personas y las normas por el estricto control de dichas personas por medio de sutiles, implacables e innovadorísimos manejos de los datos. Aquello de, por ejemplo, la evaluación del cliente de la operadora de un call center o del vendedor de El Corte Inglés al recibir el ticket de compra va a ser naif de aquí a media hora. O pura cosmética y ojana hecha técnica de ventas.

Esto era también internet, en esto también ha derivado el prodigio: en una promesa de totalitarismo y control brutal de máquinas que, en realidad, trabajan para unos pocos. Sí, nos dirá una consultora estratégica con membrete de think tank: "La AI o Inteligencia Artificial y el Big Data multiplicarán el valor añadido y la eficiencia y la productividad". La pregunta es ¿para beneficio de quién? El milagro digital de la interconexión intangible, un asombro que venía preñado de aliens, de melones globales por calar: igual que una aeronave es una maravilla de la inteligencia humana, si su piloto descarga bombas químicas o si, en realidad, el piloto es un mandril, lo excelso se vuelve siniestro. ¿Casandriano? ¿Agorero y gagá? Ustedes dirán. Si, en el caso de sobrevivir a la sustitución de personas por robots que no desayunan ni fuman ni van a hacer pis, los empleados pueden ser marcados por las máquinas con tanto aliento en la nuca como el que expele Sergio Ramos sobre los delanteros rivales, quizá estamos ante una distopía laboral, y no precisamente de ciencia ficción: con el tiempo, la buena ciencia ficción pierde su adjetivo, la cosa deja de ser ficticia. Pongamos voz de la niña rubita dePoltergeist y saludemos el advenimiento de los reyes datos: "Ya están aquí" (alarguen la i final).

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