Análisis

Tacho Rufino

¿Quién manda aquí?

Las empresas digitales de referencia global adquieren un poder que teóricamente pertenece a los políticos electosLas redes sociales van siendo percibidas como sustitutivas de la autoridad pública

Si no te ha censurado Facebook o Twitter no eres nadie en las redes sociales. Que hablen de ti "aunque sea bien", que dicen que dijo Luis Miguel Dominguín con fina chulería: todo mejor que la indiferencia, no quiero compasión, decía también la rumba. Eso parece deducirse de la cantidad de usuarios de las redes sociales que se indignan aquí o allí por que, en el caso de Facebook, la plataforma del cotilleo y el tierno postureo, cada día más politizada e histérica, les haya borrado alguna frase de su muro o les haya expulsado una semanita del cole (si usted no tiene Facebook ni idea de qué es eso, puede seguir leyendo sin mayor merma de lo que se va a comentar aquí; no se me vaya). Pero no es la vanidad en pijama y tablet lo que queremos traer a colación hoy. Es sobre la transferencia de los principios y funciones sociales desde la esfera pública a la esfera privada, porque no hay nada más privado que una empresa privada. Incluso si ésta es una de las cuatro principales compañías del universo mundo.

Esta semana leí cómo una usuaria de Facebook se quejaba de que hubieran censurado contenidos (entradas) que personas que le eran cercanas habían compartido en esa plataforma de enorme poder global. De enorme rentabilidad, y productividad galáctica. Su lamento e indignación provenían de que es intolerable, o así le resultaba a ella, que en "democracia y libertad de expresión" se censurara a una persona por, a saber, ciscarse en las castas de un político, llamar negro a un negro -sin maldad ninguna, oiga-, insultar a Ortega Smith o al Marqués de Galapagar sin mayor palanca argumental, o sea, en el ejercicio de cualquier reventón privado de un forúnculo mental, tan al uso: "Qué a gusto me he quedado soltando fiesta desde mi propio muro privado". Pues resulta que no, que no es privado. O sea, sí lo es: pero no del usuario, sino de la empresa presidida por Mark Zuckerberg. Como es una empresa privada, y las empresas no tienen que ser democráticas en ningún sitio del mundo, sino ganar dinero legalmente, que Facebook mande a la papelera las pasadas o inconveniencias de sus usuarios -teóricamente gratuitos-, es lo que hay. Si no te gusta, y te sientes censurado (una censura es un orgullo para los vampiros de la visibilidad personal en internet), pues con irte tienes bastante.

En una capa más profunda del análisis, esta reclamación algo vanidosa y a veces patética se trata de una peligrosa confusión de lo público (llámenlo institucional) y lo privado. ¿Acaso, repito, las empresas tiene que ser democráticas? No, o sólo en una sede: la del consejo de administración, que es pura estructura de la propiedad (privada). Ahí funcionan los votos y la aritmética. La reacción indignada de quien es censurado en una red social -pura anécdota, sí, pero el hecho da juego- connota un supino despiste, y una peligrosa y creciente usurpación por parte de lo privado y digital de los territorios de las instituciones públicas. La libertad de expresión y el derecho a no ser censurado es algo que surge y rige en los Estados desarrollados social y normativamente. Nada que ver con las redes sociales, que se nutren de nuestras ganas de socializar, nuestra soledad y ganas de hacer ver lo que somos o no: nada que ver. En Facebook ni en ninguna otra red social hay representantes electos o jueces y fiscales a quienes pedir justicia. La libertad de expresión es un artefacto intelectual esencialmente público. La censura como concepto, exactamente igual. Si alguien viene a mi casa cocido como una culebra y se comporta maleducadamente o dice algo que me ofende, va a la puñetera calle. Porque una casa es igual que una empresa: privada. Lo dicho: con darse usted de baja en la red social de las narices es suficiente, que tampoco pasa nada. El siguiente…

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