Ese es el saludo que Manuel y Salvador, los camareros de Casa González, en la calle Tabladilla, le dirigen a sus más queridos clientes del desayuno y el almuerzo, entre los que debe encontrarse un servidor. "Nos van a dar una oportunidad", afirman y ruegan al mismo tiempo estos dos hombres buenos, vinculados a cofradías en muchos pueblos de Sevilla y la propia capital y, ambos dos, capataces cabales, que viven en silencio la necesidad de volver a encontrarse cara a cara con el peso a plomo de una trabajadera en los hombros de una cuadrilla, desafiando un dintel, atravesando una calle, revirando lentamente para encontrarse con la luz de una tarde que, a cuchillo, corta los rayos de sol a esa hora en la que el corazón está dispuesto a darse por entero a Dios y su Madre Santa.

Una oportunidad para volver a ser lo que siempre fueron, costaleros del Señor y guía de sus pasos. Una oportunidad para convencerse de que no todo está perdido y volver a la emoción de aquel mes de marzo del año pasado, cuando quedaron los cuadrantes de ensayos sin cumplirse y no se ejecutaron aquellos relevos que, en su mente, habían diseñado para corrientes, fijadores y pateros. ¿Qué sienten, escondidos en medio de la sociedad, todos esos hombres cabales, infiltrados en tantas profesiones para seguir viviendo y llevando a su casa el pan de los hijos, sin saber cuándo volverán a vestirse cada uno del color de su cofradía en el tramo escondido del costalerío?

Ojalá esa oportunidad llegue pronto, para mis amigos de Casa González y para tantos costaleros y capataces buenos de Sevilla. Pronto el llamador y la levantá, la chicotá larga y el peso a plomo del zanco y la trabajadera, para que Dios camine por Sevilla, para que la Madre de Dios se brinde a todos, dolorosa en la belleza de un dolor que no sabe ya de advocaciones. Una oportunidad para ese gozo de todos. Venga de frente, señores.

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