Mañana es el primer día. Donde comienza y acaba todo. ¿Cuándo cae el miércoles de ceniza? Cada año sujeto a los caprichos de la dama luna que, cada primavera, baja a cortejar este río que, no es de la plata, sino que tiene su nombre escrito con letras de oro en nuestro corazón. Igual con la Semana Mayor. Fiesta movible le dicen. Mañana es distinto. Todo el mundo sabe cuándo es el primer viernes de marzo. El día de los días, comienzo y ocaso. Cristo, cautivo, desde su altar, extiende sus manos en culto solemne y antiguo en San Ildefonso, donde el alma más recóndita y devocional de la ciudad se encuentra a sí misma.

Es viernes, pero no un viernes más. Es el viernes que nos lleva a nuestra primera niñez, recordando esas convocatorias de besapiés, donde Jesús Nazareno de perfil, con su cruz intuida, y el morado más morado e intenso que recuerda mi mente lo llenaba todo. Era el morado de Jesús Nazareno que anunciaba que, el primer viernes de marzo, bajaba del altar de los Antoninos para recibir las plegarias de sus devotos. Aferrado a esa cruz de carey y plata que es verdadera Scala Coeli para el que llega de frente ante Él. Primer viernes de nuestra nueva vida. Ese carey abarcado por los mismos brazos de Dios, esa plata que es acariciada y temida, venerada y vencida, por el infinito Amor de unos brazos entre los que cabemos todos. Es el abrazo infinito, trascendente con nuestros abuelos. El mismo abrazo de nuestros padres, cuando nos vestimos de penitencia por primera vez, compartiendo esa primera noche de túnicas y espartos, como durante siglos viene compartiendo nuestra familia. Como el abrazo inolvidable de una madre a su niño aquel primer día de colegio, o aquel último día del que guardamos memoria, ay, aquel último abrazo. O ese abrazo que nunca dimos, pero que sigue clavado en nuestra alma.

Es primer viernes de marzo, y Dios no sólo baja a buscarte, baja a abrazarte. No hablamos de siglos, hablamos de eternidad.

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