Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Adiós a los goles y al talonario

Los béticos fueron felices a golpe de goles de Oliveira y de talonario de Lopera, pero ya no hay golpe alguno

AUNQUE la noticia tenía más visos de bulo que de realidad, el mero hecho de que circulase la posibilidad del retorno de Ricardo Oliveira le alegró las pajarillas al bético. Oliveira representa para el que tuerce por la causa verde, blanca y verde un tiempo de felicidad que pasó no hace tanto. El año y pico que el paulista estuvo vistiendo la camiseta del Betis hizo felices a mucha gente y, claro, esa gente tan harta de mediocres cuando escucha que Ricardo es la apuesta de Chaparro para la terrible segunda vuelta que aguarda, pues arde en deseos de que no sea sueño sino realidad, certeza y no utopía de nulo futuro.

Luego surge el duro despertar de unos números estratosféricos, los de las cantidades en que se mueve Oliveira. Y, claro, por ahí se esfuman las ilusiones y hasta se comprende que las cosas sean así y no como desearía el aficionado de a pie. Ahora bien, haciendo abstracción de la parte económica, que ya es hacer, la incógnita es si estas segundas partes serían aconsejables. Con Oliveira hubo goles y felicidad, pero también desencuentros que, conociendo a los protagonistas de esta historia, podrían repetirse. Oliveira fue, con Joaquín, el mascarón de proa del último Betis recordable. Ambos salieron como salieron, ergo ¿sería beneficiosa la repetición?

Son elucubraciones al calor de unos recuerdos extraordinarios, pero plagados de sombras. Las sombras que surgieron entre el que cobra y el que paga. El que cobra bien podría volver, pero siguiendo en su pedestal el que paga, mala compostura habría tenido el reencuentro. Chaparro no quería al estático Zigic, sino al veloz Oliveira, pero los números dificultan extraordinariamente la operación. Con Oliveira fueron felices los béticos a golpe de goles; con Lopera también fueron felices a golpe de talonario. Ahora, ni goles ni talonario, que las cosas cambiaron que fue una barbaridad y la felicidad, por lo visto, le está vedada a los béticos. ¿Qué se le va hacer?

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