Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
HA sido una mañana de sol frío, de gabardina y cierta discreción, la que ha despedido al poeta malagueño Alfonso Canales. La noticia sacude disimuladamente, pero tiene presencia en las páginas culturales. Aparecen semblanzas, biografías. Llaman la atención las semejanzas solamente aparentes entre las trayectorias: estudios en Granada de Filosofía y Letras, licenciatura final en Derecho. Revista literaria, Papel azul, con su amigo José Antonio Muñoz Rojas, y también la colección poética A quien conmigo va, además de la famosa revista Caracola, que estuvo emparentada con Cántico en su día y sostuvo en el sur la pervivencia de una palabra plástica, sensorial y marítima, en la que encontró un abrazo azul Vicente Núñez. Cito, del poema Casa de piel: "El aguardo / se torna situación: axila, muslo, / senos, vientre, confluyen / en la encantada grieta donde el tiempo se hace / eternidad. (…) ¿Es ésta / la habitación del hombre? En ella gasto / mis años de verdor. El ostensible / vacío luz se hace. Nace el mundo / de nuevo. Ya probado / el fruto está: seremos como dioses". Seremos como dioses, hallaremos también nuestro sitio en el mundo. Por más que ciertos trazos de las trayectorias sean semejantes, y siempre haya unos rasgos biográficos comunes -la licenciatura de Derecho ineludible-, y también la ambición de encontrar el recodo hambriento de una piel, de esa casa de piel, luego está la letra pequeña de una vida.
Pensar en Alfonso Canales es caminar por Málaga. Asomarse a la calle Larios y escuchar a Emilio Prados cantando justo al otro lado del salón, detrás de la pared. Málaga es Manuel Altolaguirre y José María Hinojosa, pero también María Victoria Atencia, Pablo García Baena, esas noches de El Pimpi, una fraternidad con Gerardo Diego, Alonso y Aleixandre. La poesía, entonces. La poesía de Málaga, que ha sido el pulmón de Andalucía en las horas sombrías, sobre todo para los poetas que llegaban allí del interior, de esa dureza blanca de la severidad. Todas las biografías se parecen, pero los libros no: Aminadab, Réquiem andaluz, Sonetos para pocos, Port Royal, Cuenta y razón o Tres oraciones fúnebres. Alfonso Canales era un abogado al que le visitaba la poesía con una cierta frecuencia, y brillantez. También había formado una biblioteca de 20.000 volúmenes, un poco en contra de la idea de Jaime Gil de Biedma, que al final vivía solamente con 100 libros escogidos, y era tajante: si entraba uno nuevo, otro tenía que salir del anaquel. Los retratos de Alfonso Canales, abrigado por estanterías que llegan hasta el techo, es la imagen de una intimidad. Compartió la suya en tertulias, con el mar de fondo, y ha sido un referente para varios poetas jóvenes no sólo de Málaga, donde se le quiere mucho. Me gusta imaginarlo en su sillón, arropado de libros.
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