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Rafael Padilla

Almas vendidas

LA noticia probablemente carezca de la menor trascendencia y se limite a divulgar la penúltima gansada publicitaria, otra más, de un sistema económico tan voraz como iconoclasta, dispuesto a reírse de todos, a comerciar con todo y a encontrar ocasión de ganancia incluso en el ámbito de las convicciones más intangibles. Pero a mí no deja de parecerme un indicio, explícito como pocos, de la desvergüenza de los mercaderes, de su soberbia, hoy desbordada, que desconoce cualquier pudor y cualquier frontera.

A quienes deseen obtener un préstamo, la entidad letona Kontora Loan Company le ofrece la oportunidad de aportar, como única garantía, su propia alma. Sí, han leído bien, al interesado le basta con acreditar que "su esencia inmaterial, es decir, su alma inmortal" permanece libre de cargas, para colocarse en condiciones de recibir un crédito (pequeñito, claro, de entre 70 y 700 euros, que tampoco es cuestión de sobrevalorar el aval), a devolver en el fatídico plazo de 90 días. El portavoz oficial de la financiera, Victor Mirosiichenko, nos aclara la filosofía de la operación: "El negocio es el negocio. Damos a la gente dinero contante y sonante. Si un hombre valora su alma, devolverá el dinero del crédito. Es todo legal. Cada uno puede decidir por sí mismo qué es más importante para él".

En la línea argumental de verdaderos monumentos literarios (Fausto, El mercader de Venecia) o de celebradas travesuras televisivas (¡cómo olvidar el capítulo en el que Bart Simpson vende su alma a Milhouse por 5 dólares!) y con el antecedente cercano de exitosas payasadas concluidas en la red (son ya varios los internautas que han hecho caja con idéntica mercancía), la empresa de marras ha querido superar las barreras de la ficción y dar un soporte de aparente seriedad y profesionalidad a la estrambótica permuta.

Aunque, si lo piensan, acaso su osadía no sea tanta y su exceso, sólo de mera transparencia. En un mundo como el nuestro, son millones los que, cada segundo, malvenden trocitos de su alma al ridículo precio de baratijas inútiles, los que entregan, por ejemplo, el regalo de su libertad y el milagro de su tiempo por el sueldo mísero de cosas prescindibles, en las que jamás encontrarán la felicidad. Ése es, por otra parte, el sueño final del capitalismo: perpetuar el engaño hasta el punto de que nada quede fuera del comercio, tasarlo todo (la honra, la fama, la dignidad, el propio respeto…) y hacerlo cotizar en la bolsa infame de su inabarcable avaricia.

Y a fe mía que lo están consiguiendo. Quizá no con la sinceridad brutal de los pintorescos letones. Pero sí, desde luego, con la magistral sutileza y la eficacísima y diabólica astucia de quien, con tu paradójico contento, te roba lo que eres y, a cambio, te recluye en el absurdo e invivible calabozo de lo que presuntamente tienes.

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