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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Amargura y Humildad y Paciencia

Mis imágenes de este Domingo de Ramos que ha enlutado su blanco son las dos más afligidas

Lo que hace distinto este Domingo de Ramos de todos los Domingos de Ramos que hemos vivido y esta Semana Santa de todas las Semanas Santas que hemos vivido no es que no salgan pasos, que las calles estén vacías y los bares cerrados o que hoy Molviedro, el Porvenir, los Terceros, Carmen Benítez, San Jacinto, San Juan de la Palma y el Salvador parezcan domingo de agosto y no de Ramos. Son 12.000 muertos, que serán más, quienes hacen distinto este Domingo de Ramos a cualquier otro que hayamos vivido quienes no vivimos la guerra.

Escribía Manuel Sánchez del Arco un Domingo de Ramos de 1937: "¡Ay, mi barrio de hace veinte años! San Julián, el Domingo de Ramos; San Gil, al mediodía del Viernes Santo; pilares de un arco cuya clave estaba en San Lorenzo, a las dos de la madrugada. Nada queda… Luto, ausencia… Rede mihi laetitia…. Devuélvenos, Señor, la alegría, la paz y tu amor. Que otra vez sean las calles blancas de los barrios pañuelos que saluden a la primavera. Que haya alegría en los patios, que todo florezca bajo la luna de Tu Pasión, como cuando Tú, llevando a los pies los sueltos cabellos de la Magdalena, salías por aquella ojiva de san Julián -arco de concilios- la tarde del Domingo de Ramos, de paz, de cándidas palmas. Estamos en tinieblas de viernes. Bajo el velo morado todavía, Señor".

Cada cual rezará hoy a las imágenes de su devoción, hará su íntima estación de penitencia, verá para consolarse lo que emita la televisión y difundan las redes o lo ignorará para no abrir más la herida o porque prefiera vivir la Semana Santa de su memoria. Mis imágenes de este Domingo de Ramos que ha enlutado su blanco son las dos más afligidas: mi Virgen de San Juan de la Palma -"en grande amargura me ha puesto el Todopoderoso"- y el Señor de la Humildad y Paciencia, el más próximo a ella por ser el más abatido, más hundido y hasta más harto todos los Cristos de Sevilla. Ya no le quedan ni lágrimas, como a Salud y Buen Viaje, ni fuerzas para alzar la mirada, juntar las manos y rezar mientras le hacen la cruz, como al Señor de las Penas. Algo muy poderoso une a la Amargura y a Humildad y Paciencia. Ninguno como él representa el total abajamiento de Dios al dolor y la derrota humanas para que nunca estén solos los dolientes y derrotados, para que sepan, cuando toquen fondo, que Cristo estuvo allí, tan abatido como ellos, tan hundido como ellos, tan harto como ellos.

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