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La esquina

José Aguilar

jaguilar@grupojoly.com

Andalucía no es de primera

Treinta y dos años (y más de 100.000 millones de euros) después, Andalucía necesita seguir recibiendo

Andalucía volverá a recibir buena parte de las ayudas que la Unión Europea destinará a España en la inminente década de los años veinte, ¡Qué bien!, expresará la mentalidad desdichadamente dominante entre nosotros, derivada de la cultura de la subvención y el subsidio, la queja y la paguita. Una cultura arraigada en amplios sectores de la población y la economía andaluzas que no nos lleva a ninguna parte.

Bueno, nos lleva al furgón de cola de Europa. Donde estábamos cuando España ingresó en lo que entonces se llamaba Comunidad Económica Europea, el mejor espacio del mundo para vivir en materia de prosperidad y libertad. Felipe González tuvo el mérito de convencer a los europeos ricos de que fueran solidarios con los pobres. Les dijo que España necesitaba cobrar esos fondos de cohesión para desarrollarse y dejar de cobrarlos algún día.

Treinta y dos años (y más de 100.000 millones de euros) después, España necesita continuar recibiendo, y Andalucía más intensamente. La profecía-promesa de Felipe ha resultado fallida. Hemos estado apenas seis años clasificados en el grupo de las llamadas regiones en transición -una especie de segunda división de Europa-, pero ya se ve que la alegría dura poco en la casa del pobre: volvemos al grupo de las llamadas regiones en desarrollo, las más necesitadas de ayuda. La tercera división. Y no es un capricho de los burócratas de Bruselas. Estamos entre los pobres porque el Producto Interior Bruto per cápita de la comunidad autónoma vuelve a estar por debajo del 75% de la media europea.

Por supuesto, el consejero de Economía de la Junta, Antonio Ramírez de Arellano, ha culpado al Gobierno de la nación de esta caída de la convergencia andaluza con Europa (o retorno a la divergencia tradicional). No le crean. Más bien pienso que los cuantiosos fondos que hemos recibido se han empleado antes en infraestructuras y mejoras del bienestar social que en reformas económicas, aumento de la productividad, educación e innovación. Mientras más se habla de cambiar el modelo productivo menos se hace por cambiar el existente. No es que los fondos se hayan despilfarrado, es que no han ido a los objetivos que hubieran permitido acortar la brecha que sufrimos.

Esto es culpa de la cultura de la queja y el subsidio, la mentalidad dominante y los agentes sociales y económicos de esta tierra. Y de los gobernantes, que siempre han sido los mismos, tan conservadores y rutinarios.

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