QUÉ nos gusta una historia macabra. Qué bien le han venido a los informativos el asunto Asunta. Sus editores han respirado tranquilos. Y a la audiencia, hipnotizada con los avatares de la cuestión, se le pasan los días volando. Cuán importante es el relato informativo. El destino ha querido que en los últimos meses sendos sucesos acaecidos en Santiago de Compostela hayan soportado la atención de una mayoría incontestable de espectadores. Desde el terrible accidente del Alvia no había sucedido ninguna noticia capaz de generar un relato tan prolongado, de alumbrar tantísimas horas de informativo y colaterales.

Hubo alguna que otra serpiente de verano, y sólo mentar ahora el nombre de Gibraltar produce cierto sonrojo. Hubo abundante material de información internacional, pero ni siquiera el que parecía inminente inicio de la Tercera Guerra Mundial (cuando Siria y Estados Unidos ocupaban titulares de portada a cinco columnas), logró despertar del bostezo a una ciertamente adocenada audiencia. Algo que sí logró la mala salud del monarca. Los achaques de salud del Rey volvieron a sacar del largo letargo a unos informativos alicaídos que necesitaban como agua de mayo un asunto fuerte con el que abrir, no un día, no una edición, sino cinco, diez, veinte consecutivas, apuntalándose unas otras, fidelizando a los espectadores con las mismas armas de la ficción.

Hasta que llegó el caso Asunta. Antena 3 y Telecinco ofrecieron el martes por la noche, calco la una de la otra, sendos especiales sobre los que no estaría de más alguien hincara el diente para actualizar cuestiones relacionadas con la ética y la deontología del periodismo del siglo XXI. Qué casualidad, si uno lo presentaba Gloria Serra el otro lo conducía Sandra Barneda. Por si alguien dudaba del liderazgo de las chicas con el sello Noria y El gran debate de Telecinco.

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