maría josé andrade

Periodista

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Una generación joven que tendría que palpitar de vida padece una crisis con casi 4 millones de parados

Les parece extraño titular este artículo con esa cifra e iniciarlo con una pregunta? Efectivamente puede serlo pero este número corresponde a ciento un mil ochocientas treinta y seis tragedias. Ciento un mil ochocientas treinta y seis empresas que han cerrado en nuestro país desde que comenzó la pandemia, y que corresponde a ciento un mil ochocientos treinta y seis sueños rotos.

¿Les parezco repetitiva? También puede ser pero teniendo en cuenta que vivimos instalados en un permanente Día de la Marmota y que los datos, las cifras y los porcentajes forman parte de nuestro día a día, es necesario hacer hincapié en una situación que, si nadie lo remedia, llevará a este país a una crisis sin precedentes.

La curva de esta tercera ola suma positivos y fallecimientos, y la sangría de cierres de estas empresas sigue subiendo diariamente, sin esperar a que llegue el balón de oxigeno de una Europa que se blinda ante un virus que nos mantiene paralizados.

Un virus que no entiende de fiestas y que, si nadie lo remedia, va a ser el responsable de que miles de familias sufran la destrucción de sus empleos.

Ya no es raro encontrar escaparates vacíos. Muchas son las calles que conocíamos abarrotadas de viandantes y que ahora transitan vacías bajo un manto de polvo que las hacen parecer abandonadas. Pequeños negocios que antes suponían el 100% de la economía de muchas familias y que ahora se ven abocadas formar parte de sus propios despidos, sin margen de maniobra porque no ha quedado apenas espacio para revocar la situación.

Y de nuevo una generación joven, que tendría que palpitar de vida, vuelve a vivir una crisis que acerca a cuatro millones los parados en España. Una crisis que no tiene piedad con ellos porque no respeta su juventud y que los lleva hasta las oficinas de empleo, como único lugar en el que poder asignar un número a su frustración.

Y no, ya nada será como antes. Y no lo será porque a estas ciento un mil ochocientas treinta y seis empresas que han cerrado, se sumarán otras que ya vislumbran el fantasma de las navidades futuras.

Ya nada será igual a pesar del silencio en el que se ha sumido una sociedad que se ha acostumbrado a gritar en las redes sociales amparada en el anonimato. Y no lo será porque el sufrimiento de muchos será el de todos, en unos meses en los que la incertidumbre será la encargada de recordarnos que seguimos en el famoso día en el que la marmota no vio su sombra y alargó este frío invierno hasta una fecha que no aparece en el calendario.

Y sí, vuélvanlo a leer y prueben a contar porque son ciento un mil ochocientas treinta y seis las empresas que hoy son el reflejo de lo que está ocurriendo, porque no hay filtro que disimule la catástrofe que nos va a devolver al año 2008, en un viaje de regreso al pasado.

Un pasado que no fue mejor porque tuvimos que trabajar duro para que esas ciento un mil ochocientas treinta y seis empresas fueran las encargadas de hacernos salir de una crisis que parece olvidada.

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