Sueños esféricos

Juan Antonio Solís

Ellas

EL puño cerrado de Carolina Marín esconde toda la rabia de ellas. Ahí, en su mano, palpitaban sus décadas de marginación y sueños rotos. Como si de una barra de uranio enriquecido se tratara, con su devastadora energía dispuesta a eclosionar y llevarse por delante a todos esos que jamás se tomaron en serio... a ellas.

Una onubense se ha colado en el coto privado de las asiáticas para traer a España un inopinado oro en una de esas especialidades que a la mayoría sólo interesa cada cuatro años, cuando uno de los nuestros, de repente, se juega una medalla olímpica y el narrador se apresura a recordar las reglas básicas del deporte en cuestión. ¿Qué sabe usted de bádminton? Más o menos lo que yo, lo admito. Que no crea que los periodistas deportivos estamos legitimados para hacer una crónica de cualquier especialidad. En mi caso, de bádminton sólo sé del brillantísimo caminar del Soderinsa Rinconada. Poco más. Y eso no impide que a uno se le hinche el pecho de orgullo por Carolina. Por ellas.

En los Juegos de Barcelona 1992, los que supusieron un antes y un después para nuestro deporte, ellas sólo supusieron el 30% de nuestros representantes, 129 atletas de los 430. Aportaron 8 de las 22 medallas (36,4%). En la cita en Londres de hace un par de años, ellas fueron ya 112 de los 278 atletas, el 40%. Y trajeron 9 de los 17 metales (53%). Alabáu, Mireia, las guerreras del waterpolo y el balonmano, las sirenas de la sincronizada. O las chicas del básket, actuales campeonas de Europa.

Aún queda mucho camino por recorrer para que ellas se sientan iguales en el día a día. No hay más que ver los consejos oficiales para que ellas se cuiden de calentar la sangre a los violadores. Pero en este país de garbanzos vamos avanzando. Y ellas se han soltado las ancestrales ataduras y se integran en otros cotos casi privados como el bádminton: en los vestuarios de deportes que exudan testosterona.. Eureka. Por ellas.

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