Banderas de nuestros hijos

Sea la Blanca y Verde la bandera de paz y convivencia que toca defender a nuestros hijos

28 de febrero 2022 - 01:47

Suenan clarines de guerra - eufemismo: suenan explosiones, bombas, disparos- en una esquina de Europa y es inevitable preguntar cuánto dolor se hace en nombre de las banderas. Honor y gloria, dicen. Hay palabras que sirven para matar o para morir, depende de la parte de la mesa en la que te haya colocado la Historia. De todos los pensamientos que inundan las redes desde que el Gobierno de Putin invadiera Ucrania, tal vez el más insistente es la frase de Erich Hartmann: "La guerra es un lugar donde jóvenes que no se conocen y no se odian se matan entre sí, por la decisión de viejos que se conocen y se odian pero no se matan". No era precisamente un pacifista el piloto de la aviación alemana, al que nunca se le oyó arrepentirse de la causa en cuyo nombre había bombardeado con notable precisión, héroe del Ejercito de Hitler y luego prisionero de la URSS. Pero el fondo de la frase sirve, en la medida que la mayor parte de los muertos de guerra nunca tuvieron, tienen, la oportunidad de decidir. Después de la Segunda Guerra Mundial, y de su ensayo general que fue la española, no se puede hablar ya de frente: las ciudades son el frente. Hoy son las ciudades ucranianas el primer objetivo de los señores de la guerra… Y digo señores de la guerra sin que en este caso acepte el plural inclusivo de mi querida y antigüita RAE.

Hoy es el Día de Andalucía y, qué quieren, reconforta saber que la Blanca y Verde (ay que bonica verla en el aire, quitando penas, quitando hambres) nunca fue una bandera de sangre. La reivindicación de Andalucía, desde los federalismos del siglo XIX, como el movimiento feminista son emancipaciones pacíficas. Nunca han sido verdugos ni siquiera bajo la excusa de haber sido persistentemente víctimas. La bandera que había cosido Angustias, la mujer de Blas Infante, pocos antes de que lo asesinaran con otros republicanos, con otros demócratas, con otros hombres de bien, fue rescatada, impoluta, del olvido en aquella democracia que se construyó a partir de la muerte del dictador. Y fue la bandera que salió a la calle hace más de 40 años para protagonizar un suceso histórico y político que cambió el mapa de las autonomías. Guardamos un recuerdo emocionado, qué duda cabe, e incluso hemos santificado a alguno de sus protagonistas, pero no sé si la autodenominada generación del mollete (no me pierdo un solo tuit de uno de sus cabecillas, Malacara), celebrando la fiesta andaluza en sus coles a golpe de flauta, ha sido consciente de qué bandera, qué fecha, heredaban. El 28-F es una fiesta política. Política ciudadana, política civil, política civilizada. Hoy que hay banderas que sirven para envolver muerte, codicia y poder, sea la Blanca y Verde la bandera de paz y convivencia que toca defender a nuestros hijos.

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