Alto y claro

José Antonio Carrizosa

jacarrizosa@grupojoly.com

De Barcelona a Sevilla

El atractivo de Barcelona como imán cultural y económico se desvanece; Sevilla debería aprender la lección

Barcelona se desinfla delante de nuestros ojos. La cancelación del principal congreso de móviles del mundo por el temor de las grandes firmas a posibles contagios de la epidemia que viene de China ha sido sólo el último episodio del deterioro de la que hasta hace poco era la principal marca urbana de España en el mundo. La que un día no tan lejano fuera la metrópoli que se identificaba con la modernidad y el progreso empieza a dar muestras evidentes de debilidad. El Mobile que ahora se ha cancelado era quizás el principal símbolo de proyección internacional que le quedaba a la capital catalana. Que haya habido que cancelarla mientras sigue en pie la celebración de certámenes de características similares en Ámsterdam y otros lugares es un dato que debería hacer reflexionar. ¿Qué le está pasando a Barcelona? Una mezcla de elementos heterogéneos hace que pierda la personalidad que un día la hizo una ciudad imprescindible. La masificación turística incontrolada, la inseguridad en las calles, la inestabilidad provocada por la irresponsable aventura independentista alentada por el Gobierno catalán y el hecho de tener a una persona en la Alcaldía con un perfil populista y que proyecta cualquier cosa menos solvencia no serán los únicos factores que han contribuido a esta situación, pero sí los más significativos. Las consecuencias son que el atractivo que tenía Barcelona como imán económico y cultural se desvanece y que las grandes empresas que tras la intentona soberanista de 2017 decidieron sacar sus sedes de allí no se planteen volver. Y eso incluye desde pequeñas firmas tecnológicas hasta la principal entidad bancaria que actúa en Cataluña.

Por una vez, ojalá que sirva de precedente, podemos mirar hacia nosotros con alivio y con cierta satisfacción. A Sevilla le ha pasado en los últimos años justo lo contrario. Ha mejorado su imagen de marca y ha logrado entrar en el grupo de ciudades europeas que pueden aspirar a la organización de grandes eventos, al tiempo que se refuerza como un destino turístico atractivo en prácticamente todos los mercados. Las cosas, en este sentido, han mejorado durante los últimos años y todos los datos que se pueden poner encima de la mesa confirman que se va en la buena dirección. Pero no conviene confiarse y dejar de lado retos urgentes, como la planificación del turismo para que su masificación no traiga efectos indeseados, algunos de los cuales están ya presentes en la ciudad.

La experiencia de Barcelona demuestra que los equilibrios para mantener el prestigio de una ciudad y su presencia en el mundo son muy delicados y que todo lo que cuesta años ganar se puede perder, si se cometen errores, en muy poco tiempo.

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