La Noria

Carlos Mármol

Bastón de mando con hucha vacía

El ensayo general de la campaña electoral en el que andan concentrados socialistas y populares peca de querer dirigir los debates públicos sobre dos o tres ideas. La cuestión clave no se toca: ¿se puede gobernar sin dinero?

LA política, tal y como ahora se practica en determinados círculos, cada vez tiene menos que ver con la improvisación. No digamos ya con la libertad de criterio. Por mucho que algunos reivindiquen la frescura de sus candidatos, su cercanía a la gente de la calle -¿es que hay otra?- o su cintura a la hora de empuñar el florete, el gran teatro político sevillano -estamos en la ciudad que vio nacer a Lope de Rueda y que contempló, despreciándolos, por cierto, los entremeses de Cervantes- inunda el panorama. Nada ocurre al azar. Todo está medido y dirigido. Demasiado.

La escasísima capacidad de profundización de las propuestas de los dos candidatos con opciones de llegar a la Alcaldía, Juan Ignacio Zoido y Juan Espadas, es un buen indicador. En IU, en cambio, esta cuestión ni se la plantean. Lo suyo es ver qué hacen los demás, sopesar y, si pueden, elegir. La coalición de izquierdas, además, nunca ha deslumbrado por la imaginación de sus campañas, que son bastante modestas. PSOE y PP, por el contrario, sí confían buena parte de su éxito a la movilización electoral. A la propaganda política.

Está por ver si en un escenario de crisis económica, con la desafección ciudadana hacia la política en ascenso y con un paro insoportable, esta ceremonia de la persuasión tendrá el éxito de otras etapas anteriores, mucho más calmas. En cualquier caso, lo cierto es que en los respectivos equipos de campaña existe obsesión por intentar introducir por todos los medios posibles (internet, redes sociales, formatos tradicionales) los mensajes con los que pretenden enganchar al electorado disponible. Cosa lógica, por otra parte: cualquiera ve que lo que todos desean es dar con un producto útil y efectivo, lo cual no implica, necesariamente, que tenga que ser (tan) simple.

La síntesis vacía

Sencillez y simpleza no son conceptos idénticos. Igual que no son lo mismo la efectividad y la (abundante) superficialidad. Cualquier mensaje político tiene vocación publicitaria, aunque no está escrito en biblia alguna que su acierto dependa exclusivamente de este factor. Además de publicidad, lo ideal es que sea algo más. Sobre todo capaz de sintetizar, sin llegar a caricaturizarlos, los rasgos que configuran una imagen pública. Si además ésta no es del todo mentira, bastante mejor. Aunque desgraciadamente la verosimilitud suele ser la gran sacrificada en estos casos. Es lo primero que ocurre cuando sólo se mira lo accesorio y se descuida lo esencial. A veces se consigue la cuadratura del círculo: la síntesis del más absoluto vacío. Hermosa y a colores. Huera.

Cualquier convocatoria electoral, en el fondo, no es más que una simple transacción de confianza en la que el intercambio resulta desequilibrado. No es extraño pues que mucha gente desconfíe de la clase dirigente. Su fondo de comercio es escaso. Y los argumentos que suelen dedicarnos cuando quieren convencernos son de parvulario, dicho sea sin ánimo de ofender a nadie.

Tanto Zoido como Espadas están inmersos en esta tarea de fabricar su propia imagen. Hablan de sí mismos, buscan un perfil acorde a sus objetivos. Amable y tan sesgado como los retratos a demanda. Con tantos retoques y añadidos que si alguien realmente votara en función de la candidez que ambos alcaldables proyectan la política local sería una experiencia bastante cercana a estar en el paraíso.

Sería bueno creerlo. Pero episodios pasados y presentes inducen a pensar lo contrario. Bajo casi todas las alfombras hay suciedad. Miren hacia el Ateneo, por ejemplo. Todo un sainete burlesco. Metáfora quizás de una manera de concebir el poder que es muy habitual en Sevilla, donde hay quien no soporta dejar de ser un intocable.

Las técnicas disponibles para construir una imagen política no son nuevas, sino seculares. Desde Homero se sabe que la loa poética diaria era una de las primeras necesidades de los soberanos, tanto más de los aspirantes al poder. Aunque desde los griegos sólo hemos degenerado. En el PSOE, por ejemplo, los mensajes no están nada nítidos. Las propuestas, si realmente existen, no terminan de ser visibles, probablemente por la dificultad de pagar ciertos peajes para entrar en la habitual rueda mediática, donde, como en casi todas las facetas de la vida, también funcionan los vicios adquiridos y, a veces, las mafias de la cruz.

Zoido no tiene este problema. Su insistencia, su papel institucional (en el Ayuntamiento y en el Parlamento) y la labor de seducción (para el que se deje seducir), consustancial a cualquier político, le permiten disfrutar de una presencia pública constante. Continua. Casi se diría excesiva: en todos los foros, en todas las recepciones. En todas las iniciativas.

Hagan un simple ejercicio: intenten recordar cuál es el mensaje central que transmiten los dos candidatos. Quizás les cueste encontrarlo. A falta de saber lo que harán si llegan al poder, cosa que hasta entonces no se podrá testar, el único recurso para diferenciarlos que tiene el elector inteligente consiste en analizar cómo dicen que cumplirán sus objetivos. Si es que realmente lo han dicho.

Abordar esta tarea es descorazonador. A poco que se haga con cierto interés revelará que casi todos sus planteamientos son epidérmicos, insustanciales, de libro. ¿No tienen ideas o es que en realidad no quieren contarlas? Espadas, a quien muchos adjudican un alto nivel intelectual, todavía está por descubrir. Su campaña se ha limitado a tratar de ganar una presencia pública de la que, a pesar de haber sido consejero de Vivienda de la Junta, carecía. Hasta dentro de unas semanas, cuando debería empezar a desgranar su programa electoral, no podrá juzgársele con toda propiedad. Todo llegará. Hasta ahora sólo estamos ante un candidato indeterminado. Quedan cuatro meses para las elecciones.

¿Y Zoido? Le ocurre lo contrario. El candidato del PP está volviéndose previsible en sus discursos, movimientos y tácticas. Su lema central es el cambio (como fin, no como medio) y su puesta en escena peca de triunfalista Quiere hacer suyo un mensaje excelente (que Sevilla funcione) pero todavía no ha explicado exactamente cómo, más allá de posicionarse junto a los sectores críticos con la política desarrollada por Monsteseirín en estos años o jugar el papel de vengador justiciero con sus constantes denuncias en los tribunales. Unas más sólidas que otras.

La cuestión clave

Ninguno de los dos, en realidad, ha explicado todavía a los ciudadanos cuál es su método. La cuestión nuclear de la campaña no son ni los errores tácticos de Espadas (materia en la que se centra la literatura sobre el candidato socialista) ni el populismo (simpatía, lo llaman) del candidato popular. Consiste sencillamente en saber cómo el nuevo alcalde, sea quien sea, va a invertir en los barrios y a reactivar la economía local sin recursos públicos. La herencia es envenenada. No sólo en usos y costumbres (listas negras, politización de todos los ámbitos, incapacidad para asumir las críticas), sino en el ámbito financiero. La deuda municipal supera los 600 millones de euros. Quien empuñe el bastón de mando debe saber ya que la hucha está vacía. La gran revolución urbana y social de Sevilla sigue pendiente en los barrios. En ellos es donde se ganan las elecciones. No sólo con visitas, sonrisas y apretones de manos, sino con ideas nuevas. Con alternativas para la crisis. Hay otras opciones, claro: sacar a una Virgen en procesión igual que se sacan a los santos en tiempos de sequía para pedir que venga la lluvia, asunto que a algunos debe parecerles de gran pertinencia. Zoido y Espadas, que tanto suelen hablar de sí mismos, tienen dónde elegir. Los votantes, de momento, no demasiado.

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