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Batalla en blanco y negro

La clase política continúa peleándose por el control de una TV que hace tiempo ha dejado de ser la ‘Primera’

Cuando los políticos norteamericanos y europeos se dieron cuenta de lo importante que podría llegar a ser la televisión, acababa de finalizar la Segunda Guerra Mundial. Eran años de pobreza y tuvieron que pasar casi dos décadas hasta que aquellas cajas cuadradas se convirtieran en tan necesarias en los hogares. Los norteamericanos temieron que el nuevo sector cayera en manos de los poderosos estudios cinematográficos, y legislaron para impedir que quien tuviese una licencia de emisión televisiva pudiese producir contenidos, y viceversa, lo que concluyó en la creación de una industria audiovisual estadounidense formada por productores y distribuidores que obligados a competir conquistaría el mundo para sus empresas, y para su visión cultural, que terminó por ser la de todos nosotros. En Europa, los estados consideraron que el invento era demasiado importante como para dejarlo en manos privadas, y las televisiones se desarrollaron bajo el control público, dando lugar a enormes entes sin competencia hasta los noventa. Esto se tradujo en un hecho que cicatrizó en el pensamiento de las sociedades europeas: había que tener una televisión pública y gestionarla, si se quería controlar y definir a la sociedad en una línea determinada. La televisión norteamericana buscó entretener. La europea, influir. El público, claro está, se decantó por la primera, que terminó por convertir su modelo en el dominante, mientras los entes europeos crecían en costo y tamaño.

Cuando llegaron las cadenas privadas, el cable, los satélites e internet, todo estalló, la competencia se abrió al planeta y los viejos comportamientos pasaron a mejor vida. Nadie dio permiso a Netflix o a Youtube para distribuir vídeos, no había licencias restringidas, ni ancho de banda limitado. El sector se abrió a todo aquel con una buena historia que contar y los más ágiles e imaginativos se impusieron a los anticuados monopolios públicos. La primera de TVE es vista diariamente por un 10% de los españoles que ven televisión. Es decir, poco más de un millón de personas con una edad media que superan los 61 años, en un país de 48 millones de habitantes. Una cantidad muy alejada de la necesaria para ganar elecciones a no ser que sean a presidente del club de jubilados del barrio. Pero la clase política continúa peleándose por el control de un ente a punto de cumplir 68 años, que hace tiempo ha dejado de ser la Primera y se dirige de la mano de sus defensores más acérrimos camino de la irrelevancia.

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