Sebka

Joaquín / De La / Peña

Catedrales

LAS que nos harían falta para acoger a todos los hermanos que han participado en los últimos procesos electorales de nuestras hermandades. Naturalmente, siempre en los casos en los que ha concurrido más de una candidatura.

Contrasta este masivo y puntual interés en el futuro de las corporaciones, con los agónicos llamamientos que se hacen en los respectivos boletines a la contribución activa de los hermanos en los cultos y en la vida de la hermandad; un llamamiento que, la mayoría de las veces, se produce por parte de los máximos responsables de las cofradías reiteradamente y que, a juzgar por lo que podemos observar en los quinarios estos días, no llega a calar demasiado entre los censos repletos de hermanos.

No, no se trata de minusvalorar el carácter democrático de las hermandades, ni de poner en cuestión fórmulas institucionales de representación; trato de reflexionar sobre un fenómeno que, observado a la luz de comentarios y escritos en las últimas semanas, tiende a quebrar el difícil equilibrio mantenido a lo largo de los siglos entre eclesialidad y religiosidad popular; entre activismo religioso y contemplación curiosa, entre fe y cultura.

Porque parece que para algunos la pertenencia a la hermandad es una simple cuestión de forma, de costumbre, de tradición desvinculada de cualquier asomo de compromiso cristiano, de conciencia eclesial e incluso, de una creencia que vaya más allá del poder taumatúrgico de las imágenes.

Llegados a este punto cabe preguntarse, si lo que proclamamos una y otra vez acerca de la primacía del culto y la caridad en los objetivos de la hermandad es realmente cierto; si las reiteradas manifestaciones sobre nuestra vinculación a la Iglesia no son más que fórmulas para mantener la legitimidad institucional; si el hermoso gesto de poner la mano sobre nuestros viejos libros de regla, jurando los dogmas de la Iglesia, no se ha convertido en un signo vacío de contenido y, por ello, hipócrita.

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