cuchillo sin filo

Francisco Correal

César en la Alameda

NO sé si algún día Amalia, notaria de profesión, la madre de Manuel, irá a comer al restaurante Las Escobas, el más antiguo de Andalucía, donde trabaja como jefa de cocina Pilar, la madre de César. Manuel y César nacieron el 28 de mayo, Lunes de Pentecostés. Las hermandades iniciaban el regreso desde la aldea. Ayer vi a esos niños que hoy cumplen once días de vida. Una cifra ideal, el once inicial, en este primer día de la Eurocopa de Polonia y Ucrania. A César le daba el pecho su madre en un bar de la romana Alameda de Hércules; Manuel viajaba en el segundo navío más placentero, después del de la placenta, en el carrito que atravesaba calles rociadas de juncia y romero del Corpus. El padre de Manuel es periodista; el padre de César tiene nombre de poeta y ejerció veintidós oficios distintos, incluido el de músico ambulante que llegó a actuar en la Feria de Marinaleda.

Estos niños lactantes llegan a un mundo de padres latentes que ven cada telediario como un anuncio de la guerra de los mundos de Orson Welles. Habría que relativizar este pánico cotidiano, aunque sólo fuera pensando en ese tándem de anfitriones balompédicos, y en cuál era el futuro de los niños de Polonia y Ucrania que tenían once días de vida hace setenta años. César llegó vio y venció, ayudado por la resonancia mitológica del nombre de su hermano Héctor. ¡Aquí fue Troya!, diría don Quijote en la playa de Barcelona tras su combate con el bachiller Sansón Carrasco. Manuel, escoltado por su hermano Miguel, se familiarizará pronto con grandes epopeyas: su abuelo Luis es americanista y experto en virreyes; su abuela María del Pópulo es profesora de Latín. La jerga del César.

Estos dos niños acunados en la Babia de la feliz ignorancia, ajenos a las cuitas de sus mayores, son una señal de esperanza. Si acaso sólo mitigada por sus contemporáneos de la curva del Níger y los dominios de la hambruna, esos miles de niños que hoy también cumplen once días de una vida que para muchos de ellos ya se llama Muerte. Yo quería escribir hoy de la Eurocopa, de lo mal que le suele ir a los países que la ganan -Grecia, España-, de los aguafiestas que quieren penalizar el placer de ver fútbol porque ahora descubren que es una estrategia alienante para encubrir otras miserias. Son como niños de once... siglos, anclados en el sentimiento de culpa y pecado de la Edad Media.

Sus remilgos son la prueba de la inocencia del fútbol. Misericordia quiero, y no sacrificios, nos enseña el Evangelio. Polonia y Grecia abren el fuego sagrado. Lástima que ninguna de las dieciséis selecciones europeas haya nacionalizado al marfileño Didier Drogba. Manuel y César se han puesto de acuerdo para invadir las Galias.

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