Palabra en el tiempo

Alejandro V. García

Charada del plagio

SUPONGAMOS que hoy se me resiste el artículo. Supongamos que el tiempo avanza, que llega la hora de cierre de las páginas de Opinión y que opto por una solución efectiva pero tramposa: copiar un artículo antiguo y presentarlo como nuevo. El autoplagio tiene más dignidad que la copia de materiales ajenos, me digo. Así que busco en el archivo, elijo uno sin referencias a la actualidad, lo introduzco en el procesador de textos, leo y copio: "Supongamos que hoy se me resiste el artículo. Supongamos que el tiempo avanza, que llega la hora del cierre de las páginas de Opinión...". Etcétera. Y supongamos que el jefe de Opinión del periódico descubre la trapisonda o que algún precavido lector copia (todos copiamos) la primera frase del artículo, la pega en Google y el buscador, en efecto, remite a una columna anterior que empieza con la frase "supongamos que hoy se me resiste el artículo...".

¿Debo dimitir como columnista, devolver la parte proporcional del sueldo injustamente ganado? Es decir, ¿debo actuar con el mismo rigor que el ministro de Defensa alemán, Karl Theodor zu Guttenberg, que no tuvo reparos en plagiar su tesis de doctorado en Derecho? A muchos analistas les ha gustado la severidad con que el colaborador de Merkel ha enjuiciado su propia conducta y la implacable condena que se ha impuesto. Guttenbeg no se ha ido por prevaricar, por apropiarse de dinero ajeno, por apuntarse a un ERE ni por estirar al límite de la legalidad un plan urbanístico, sino por atracar la inteligencia ajena para rellenar sin esfuerzo su tesis de doctorado. Más que un ejemplo de congruencia moral para políticos petardistas y fulleros, el caso de herr Guttenberg debería ser un ejemplo de congruencia moral para todos los públicos.

Todo el mundo copia. Yo pude copiar, usted quizá copió, los estudiantes fusilan sus fichas de lectura y el parlamentario calca las frases incendiarias de un discurso ajeno. Yo no sé si son imaginaciones mías, pero tengo la sensación creciente de que, al mismo tiempo en que se multiplican las facilidades para plagiar, el mundo se repite con una sospechosa puntualidad, que vuelven los que parecían que se habían ido, que las ideologías que predican el retroceso dan un paso adelante y hasta los curas reinventan (en Valencia) las clases de moral sexual para competir con el Estado en las escuelas. Que el balance del paro nos vuelve a hundir, que los encargados de fomentar el empleo fijan plazos para la recuperación que son copias exactas de plazos anteriores condenados al fracaso.

Supongamos que es verdad que he plagiado este artículo. Sin embargo, la realidad es tan recitativa, tan plagiada de sí misma, que nadie lo descubrirá.

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