PASA LA VIDA

Juan Luis Pavón

La Ciudad de las Estatuas

ANTONIO Galadí, presidente de la Confederación de Empresarios de Sevilla, se queja con razón de que "la ciudad parece dormida y conformista" ante la desertización de su estructura económica. Si Galadí se para a pensarlo, comprenderá que forma parte de la Ciudad de las Estatuas. ¿En qué se ha educado a la población pese al cambio de la dictadura a la democracia? En estos mandamientos: No sobresalgas, que los envidiosos te machacarán. No hables, que dejarán de contar contigo. No te muevas, que te vas a quedar solo. No protestes, si no te van a hacer caso. No des ideas, que te las roban. No te molestes en intentar algo por los demás, que no merece la pena. El resultado es una sociedad de estatuas. Todos podemos ser estatuas. Cuando usted vaya por la calle, aprenda a distinguir el inmovilismo andante que vive de manejarse en situaciones de favoritismo y preeminencia forjadas en la trastienda del toma y daca. Hay miles de sevillanos que no son así, pero se les persigue para sojuzgarlos, convertirlos en replicantes, y que se acomoden al modelo de sociedad de vasallaje y pleitesía, funcionarial, subsidiada y con felicidad de sol, cerveceo y palmaditas en la espalda.

Lo propio en una sociedad decadente es el furor por las estatuas. Le pasó a Roma cuando se durmió en los laureles económicos y acabó llenando el imperio de estatuas... para hundirse con ellas al paso de los bárbaros. Los jerarcas del Kremlin que sucedieron a Stalin hicieron lo mismo. Tras quebrar su modelo económico de comunismo, en Moscú hay un descampado junto al Museo Tretiakov donde cobran la entrada por ver todas las que fueron derribadas. En la Sevilla de las mil empresas desaparecidas durante la crisis, el lobby hispalense de las estatuas está desatado, el ritmo es de varios pedestales al año. Debe ser que están poniendo las bases para la economía sostenible.

Antonio Machado y sus recuerdos de un patio de Sevilla no tienen estatus ni estatua, pero sí Cayetana de Alba, propietaria de ese patio. Antonio Ruiz Soler no tiene fuera del cementerio un mármol o un bronce que focalice su talento como bailarín, que le llevó a ser figura internacional. Pero sí Cayetana de Alba, a la que enseñó a bailar Enrique el Cojo. Antonio Domínguez Ortiz nos ha enseñado a todos nuestra historia, inclusiva a los descendientes del Gran Duque de Alba cuyo retrato está ahora en el Museo de Bellas Artes, pero ni él ni el intendente Olavide, ni el liberal Blanco White merecen aún que se subraye en la vía pública con un hito monumental su enorme aportación al librepensamiento y al progreso de Sevilla. Siguen siendo la Sevilla derrotada. Para ese honor sí tiene prevalencia Cayetana, persona a la que en estas páginas he elogiado profusamente porque le da veinte vueltas a las gentes de heráldica, títulos y sagas familiares que pululan en torno a ella en su corte hispalense.

La moda de las estatuas es lo normal en una ciudad donde incluso en estas cuitas el dinero se impone al talento. Por eso la Academia de Bellas Artes no la preside ni Carmen Laffón ni Luis Gordillo, sino una marquesa. Antes de ella, ya habían hecho académica a una duquesa y, como benefactoras de la institución, una contacta con el lobby de las estatuas y la otra posa ante el escultor de cámara. Y la ciudad queda a los pies de ambas y sus corifeos para tocar las palmas, como si estuviéramos en la Sevilla de los Montpensier, sin democrático factor de corrección entre la cola del paro y los bargueños.

Cuando Torrijos ceda en su mezquino veto a la concesión de Hijo Predilecto a Felipe González, para ser justos con su talla de estadista, ¿qué no habrá que erigir en Sevilla? Si la duquesa de Alba tiene medalla y título tanto de Ayuntamiento como de la Junta, y una glorieta, y ahora una estatua, a Felipe González tendrán que construirle por lo menos algo con las dimensiones y la monumentalidad de la Plaza de España.

Mientras la ciudad se enreda en los personalismos y las cobas, y la falta de liderazgo deprime a quienes tienen condiciones para ejercerlo, la pobreza nos va a comer por sopas, y Miguel de Mañara se va a bajar del pedestal para fundar otro Hospital de la Caridad.

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