La tribuna

José Antonio López De La O

Ciudad, inteligencia y energía

LA sociedad en la que habitamos se describe por el constante e imparable aumento del número de personas que viven y vivirán en las ciudades. Si actualmente más de la mitad de los seres humanos que pueblan este planeta lo hacen en agrupaciones urbanas y el 70% del producto mundial se genera en esos entornos, para 2050 se prevé que el 70% de los habitantes de la tierra resida en urbes en las que se producirá el 85% de la economía global.

La razón de esta tendencia es que las ciudades son los espacios que más riqueza crean y las que ofrecen a sus ocupantes más oportunidades de desarrollo. Las metrópolis, más que otros territorios, están diseñadas para mejorar la eficiencia económica e incrementar la calidad de vida de las personas. Pero, son también creadoras de problemas de solución complicada, asociados muchos de ellos a las cuestiones energéticas y medioambientales: contaminación, cambio climático, racionalidad en el uso del agua y graves dificultades de desigualdad, entre los que destaca la pobreza energética. Hay que tener en cuenta que en las demarcaciones urbanas se consume más del 75% de la energía que se produce globalmente y se genera más del 80% de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Para corregir las nuevas dificultades que estaban surgiendo como consecuencia de las continuas migraciones y seguir mejorando el bienestar de sus residentes, en la década de 1990 se acuñó el término "cuidad inteligente" como concepto en el que la tecnología sería la base de las soluciones necesarias. No obstante, pronto se advirtió que los retos no eran exclusivamente técnicos y que tenían un volumen mucho más sistémico. El planteamiento puramente tecnológico como sinónimo de "inteligente" dio paso a considerar que más allá de las dificultades ambientales o energéticas había cuestiones básicas: el envejecimiento de la población, la satisfacción de necesidades o la competitividad, cobraban carta de naturaleza en la formación de un nuevo modelo de colectividad urbana.

Esta nueva dimensión holística pone de manifiesto que la aplicación de nuevas tecnologías es un medio, no un fin, para alcanzar los objetivos propuestos. Cada comunidad será inteligente a su manera aunque utilice herramientas similares y, además, debemos considerar que la inteligencia de un territorio la aporta las personas que en él se radican, en función de las decisiones que toman, no de los instrumentos de los que se sirven. Así, el concepto inteligente, y el que unas ciudades sean mas atractivas que otras para vivir, invertir y desarrollarse, dependerá de la misión y visión que tengan, de los fines que persigan, más que de las innovaciones tecnológicas, aunque éstas sean imprescindibles para fomentar los cambios sociales

En ese sentido, es de enorme importancia considerar que, como podría deducirse de lo expuesto por Garrett Hardin en su famoso artículo La tragedia de los comunes, los problemas que afectan a las ciudades, sobre todo en los campos energético y medioambiental, son parte de las cuestiones que no tienen sólo una solución técnica. La mayor parte de los ciudadanos comprometidos con el cambio climático, el calentamiento global, la distribución del agua, los gases de efecto invernadero o las desigualdades sociales, busca una manera de evitar los demonios de sus consecuencias sin abandonar ninguno de los privilegios de los que gozan.

Por eso, la ciudad inteligente, aplicando y aprovechando toda la tecnología posible, está más relacionada con la creación y conexión del capital humano y el fomento del capital social, de manera que pueda generarse un desarrollo económico más sostenible y una mejora de las condiciones de vida.

Sin embargo, si empleamos el criterio de competitividad, aunque todas las comunidades quieren ser inteligentes, unas lo serán más que otras y esa facultad es directamente proporcional a la existencia de una ciudadanía ilustrada. No puede olvidarse que en esta economía global importa mucho más donde vive la mayoría de las personas más formadas que donde hay una mayor concentración de gente.

En definitiva, las más inteligentes serán aquellas que, aplicando los medios técnicos disponibles, sean capaces de crear hábitats equitativos que atraigan el talento: las ciudades creativas.

Mirándolo bien, ¿quién querría vivir en una ciudad no inteligente?

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