AL igual que pasó con el Brexit, el referéndum de Colombia ha vuelto a poner en evidencia la actual falta de sintonía entre los grandes poderes públicos y privados y la mayoría de la población. Durante días, tanto los grandes medios de comunicación mundiales como los principales líderes políticos europeos (incluido el Papa) nos hicieron creer que una amplia mayoría del pueblo colombiano estaba con el llamado proceso de paz, gracias al cual se iba a acabar la guerra que, desde hace más de cincuenta años, enfrenta a las FARC -un grupo terrorista de orientación comunista- con el Gobierno legítimo y democrático del país, ahora encabezado por el presidente José Manuel Santos. Al fin y al cabo, quién se va a negar a la magia de la palabra paz. Sin embargo, el pasado lunes, todos nos levantamos con una sorpresa: los colombianos dijeron no a un tratado al que le ven más inconvenientes que ventajas

Aunque es cierto que la victoria del no fue por la mínima, también lo es que la práctica totalidad de los medios colombianos habían hecho campaña por el . El Estado colombiano también puso toda su maquinaria a favor de la opción afirmativa, algo que culminó en la gran ceremonia de rúbrica del malogrado tratado con las FARC (con nuestro Rey emérito como invitado) en un acto que tuvo mucho más de electoral que de Estado. Nadie duda de que el pueblo colombiano quiere la paz, pero no la quiere a cualquier precio, y el acuerdo que le proponía Santos a su sociedad estaba plagado de apartados conflictivos, especialmente los relativos a la impunidad de los terroristas que sembraron el dolor durante décadas y la garantía de que ocuparían escaños en el Parlamento sin necesidad de pasar por las urnas (algo que contradice cualquier principio democrático). Para el Estado, una máquina burocrática muchas veces insensible, es muy fácil perdonar, pero para las personas de carne y hueso, las que sufrieron los secuestros, robos y asesinatos, no.

Lo ocurrido en Colombia vuelve a recordarnos las limitaciones de los referendos como herramientas de decisión política: polarizan en extremo a la ciudadanía y no dejan lugar a los matices y la complejidad. Hubiese sido más fructífero, aunque más tortuoso y complicado, abrir un proceso de negociación con todos los partidos y haber sacado adelante el tratado en el Parlamento, pero los políticos de hoy parecen carecer del arrojo y el liderazgo para tareas tan ímprobas.

Con casi toda seguridad, Colombia alcanzará la paz (las FARC ya están derrotadas), pero lo hará con más respeto a las víctimas de la violencia y menos temor a los verdugos.

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