CUANDO detuvieron a Dominique Strauss-Khan en Nueva York, acusado de haber violado a una camarera de hotel, me extrañó mucho que la Policía sólo hubiera necesitado una hora -o todo lo más dos horas- para investigar el caso y detener al antiguo director del Fondo Monetario Internacional. Una investigación de esta clase exige mucho tiempo: un examen forense exhaustivo, tanto del supuesto agresor como de la supuesta agredida, además de una reconstrucción minuciosa de los hechos y un careo intensivo de todos los testigos posibles. Pero la Policía actuó en un tiempo que no permitía nada de esto, y detuvo a Strauss-Khan en el avión y lo presentó esposado entre dos policías, como si fuera culpable y no cupiera la más mínima duda sobre su conducta. Y entonces empezamos a oír por todas partes las acusaciones que todavía recordamos: "Mandril sexual", "monstruo", "criminal", "acosador", "oligarca del sexo"... Nadie se preguntó qué pruebas se habían podido recoger de forma tan apresurada y nadie se preocupó de reconstruir el caso. En España, que yo sepa, sólo dos escritores plantearon sus dudas más que razonables sobre la culpabilidad de Strauss-Khan: Javier Marías y Arcadi Espada.

Nunca he estado en un hotel de cinco estrellas, pero incluso un paleto como yo se podía dar cuenta de que la historia que se había tragado la Policía neoyorquina era muy difícil de creer. Una camarera de hotel no entra así como así en una suite de 3.000 euros la noche, ni se encuentra desnudo a un director del Fondo Monetario Internacional, ni sale huyendo al pasillo perseguida por un mandril aullando de excitación. Pero ésta es la versión que todo el mundo aceptó. Y sólo por el testimonio de la supuesta agredida se detuvo a una persona, a la que se acusó de agresión sexual y a la que se envió a la cárcel, sin que hasta ahora nadie se haya preguntado qué clase de legislación tenemos para que ocurran estas cosas. Es justo defender en todo momento a las mujeres agredidas y violadas, pero no podemos caer en el extremo contrario y dejar que cualquier denuncia, por inverosímil que sea, se considere una acusación probada.

Dominique Strauss-Khan es una de las pocas inteligencias de primer orden que tiene Europa. Desde que fue detenido en Nueva York, se ha visto obligado a abandonar su carrera política y ha sufrido toda clase de insultos y humillaciones, casi siempre por parte de personas que no sabían nada de lo que había ocurrido, pero que se creían con todo el derecho del mundo a juzgar y a opinar. Ahora se ha probado que no había pruebas suficientes contra él y que nunca llegó a hacer nada que fuera más allá del sexo consentido entre adultos, es decir, un asunto privado que no interesa a nadie. Por supuesto, nadie le pedirá perdón.

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