Dales tú ese beso, Esperanza

Le pediremos: da tú a aquellos a quienes quisimos y queremos el beso que este año no podemos darte

18 de diciembre 2020 - 02:30

Acto reverencial es decir su nombre. Acto reverencial es soñarla cuando se quiere, como Juan Sierra. Acto reverencial es contemplar una fotografía suya, como hago ahora, mientras escribo, y siempre, día tras día, porque ante mi mesa de trabajo tengo la valiente y definitiva fotografía que le hizo Emilio Sáenz encuadrándola en formato rectangular solo de los ojos a la barbilla, su rostro saliéndose del marco, su mirada traspasándome y su leve sonrisa alumbrándome. Acto reverencial es cuanto tiene que ver con ella, estemos o no en su presencia, que uno de sus milagros es colmar de presencia su ausencia.

Esperanza de madrugadas de hospital, de noches en vela de enfermo, de soledades y ausencias. Esperanza de una tarde de agosto en calle Feria, tan lleno el silencio de ecos de marchas, rumor de bulla, golpear de caídas de palio y presencia de la Nunca Ausente. Esperanza de los meses de confinamiento, tan lejos, tan cerca. Esperanza de la madrugada que este año se escribió con minúscula y en perfecto castellano, sin comernos las dos últimas letras y acentuar la a, porque no salió la causa de nuestra alegría. Esperanza de ese vacío que incluso a ella misma le costó colmar cuando llegó la medianoche y las puertas siguieron cerradas, cuando rompió el día, pero no amaneció, porque el amanecer del Viernes Santo es ella, cuando al mediar el día -Parras muerta, desangrada la Resolana- se hizo más cierto que nunca el eclipse de la hora novena.

Todo en nuestra relación con la Esperanza es un acto reverencial, esté o no ante nosotros en persona. Porque en la memoria y en el corazón está siempre presente. Lo de este año, forzado por las circunstancias, será un acto reverencial más que se sumará a los que todos los días le rendimos. La veremos tan cerca como ella exige y nuestro corazón ansía. Pero no la besaremos. Un niño nos enseñó, escribiendo en el libro del besamanos que la Esperanza diera a su papá el beso que él había depositado en su mano, que es la mensajera que cada diciembre lleva nuestros besos a quienes ya no podemos besar en este mundo.

Al pasar estos días ante ella le pediremos: frontera entre el tiempo y la eternidad, divina partera que acoge las almas cuando abandonan los cuerpos, brecha abierta en el muro de la muerte por el que refulge la gloria que nos aguarda, da tú a aquellos a quienes quisimos y queremos el beso que este año no podemos darte.

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