Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Acto reverencial es decir su nombre. Acto reverencial es soñarla cuando se quiere, como Juan Sierra. Acto reverencial es contemplar una fotografía suya, como hago ahora, mientras escribo, y siempre, día tras día, porque ante mi mesa de trabajo tengo la valiente y definitiva fotografía que le hizo Emilio Sáenz encuadrándola en formato rectangular solo de los ojos a la barbilla, su rostro saliéndose del marco, su mirada traspasándome y su leve sonrisa alumbrándome. Acto reverencial es cuanto tiene que ver con ella, estemos o no en su presencia, que uno de sus milagros es colmar de presencia su ausencia.
Esperanza de madrugadas de hospital, de noches en vela de enfermo, de soledades y ausencias. Esperanza de una tarde de agosto en calle Feria, tan lleno el silencio de ecos de marchas, rumor de bulla, golpear de caídas de palio y presencia de la Nunca Ausente. Esperanza de los meses de confinamiento, tan lejos, tan cerca. Esperanza de la madrugada que este año se escribió con minúscula y en perfecto castellano, sin comernos las dos últimas letras y acentuar la a, porque no salió la causa de nuestra alegría. Esperanza de ese vacío que incluso a ella misma le costó colmar cuando llegó la medianoche y las puertas siguieron cerradas, cuando rompió el día, pero no amaneció, porque el amanecer del Viernes Santo es ella, cuando al mediar el día -Parras muerta, desangrada la Resolana- se hizo más cierto que nunca el eclipse de la hora novena.
Todo en nuestra relación con la Esperanza es un acto reverencial, esté o no ante nosotros en persona. Porque en la memoria y en el corazón está siempre presente. Lo de este año, forzado por las circunstancias, será un acto reverencial más que se sumará a los que todos los días le rendimos. La veremos tan cerca como ella exige y nuestro corazón ansía. Pero no la besaremos. Un niño nos enseñó, escribiendo en el libro del besamanos que la Esperanza diera a su papá el beso que él había depositado en su mano, que es la mensajera que cada diciembre lleva nuestros besos a quienes ya no podemos besar en este mundo.
Al pasar estos días ante ella le pediremos: frontera entre el tiempo y la eternidad, divina partera que acoge las almas cuando abandonan los cuerpos, brecha abierta en el muro de la muerte por el que refulge la gloria que nos aguarda, da tú a aquellos a quienes quisimos y queremos el beso que este año no podemos darte.
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