ACABABA agosto cuando encontré a Rosa María Calaf en el vestíbulo del Palacio de la Magdalena de Santander. Creo que era la tercera vez que coindíamos este año en distintas salas de prensa. Hicimos memoria. Tratamos de ordenar los recuerdos. Salió a colación el Cinema Jove de Valencia, donde escribimos portátil con portátil. Comentamos cómo se presentaba el curso y la Calaf me habló de las dudas. De lo malas que son las dudas.

Le había salido varias ofertas televisivas para participar en tertulias. Aludió a una con la televisión autonómica catalana, pero me dejó claro que no quería ataduras, que pensaba rechazar cualquier compromiso que la atase a España por un espacio de tiempo prolongado. Rosa María quería seguir viajando. Pasando largas temporadas, siquiera meses sueltos, en lugares lejanos de nuestra geografía. Por eso cualquier compromiso con una cadena que condicionara su calendario viajero iba a ser desestimado.

Aunque se imponían las dudas. Porque las ofertas eran tentadoras. Para una comunicadora de su talla, tener la oportunidad de participar en una tertulia con una cadencia semanal y hacerlo con entera libertad, era lo más parecido a tener un bombón entre las manos. Al día siguiente de mantener esta conversación se hacía público el titular que anunciaba que la Calaf había sido fichada en el programa de Ana Rosa junto a Jiménez Losantos. No creo que aquel día hubiese todavía nada firme. Las dudas que me manifestó la Calaf a propósito de los pros y contras de una atadura permanente eran más que reales. Sólo estaba tentada. Me acordé de la ingrata situación de los parados. Pero evidencié que nunca, ni en las situaciones más privilegiadas, se alcanza el nirvana, aunque Mercedes Milá sí parezca haber alcanzado el suyo. Pero qué complicado es eso de tomar decisiones.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios