en tránsito

Eduardo Jordá

Después de la tragedia

UN buen político es el que deroga una ley cruel y estúpida -como la ley hipotecaria vigente en España, que data de hace más de un siglo- antes de que se hayan suicidado tres personas que iban a ser desahuciadas y antes de que miles de familias hayan tenido que vivir una tragedia cruel y estúpida que también podría haberse evitado. Y el mal político es el que intenta reformar esa misma ley cuando ya se han suicidado tres personas y cuando miles de familias -alrededor de trescientas mil, ni más ni menos- han perdido ya su casa y han vivido una tragedia personal que no tendría por qué haber sucedido.

Como es natural, todos sabemos qué clase de políticos tenemos aquí. La última reforma de la ley hipotecaria se hizo en 2007, cuando gobernaba Zapatero, y no sirvió para nada. Por aquel entonces gobernaba nuestra rumbosa izquierda que concedía dádivas y derechos como quien va lanzando caramelos desde la cabalgata de los Reyes Magos, pero nadie se acordó de cambiar una ley que parecía diseñada por el usurero Torquemada de las novelas de Pérez Galdós. Y la próxima reforma todavía no sabemos cuándo se pondrá en marcha, aunque la hará el PP, que está concediendo ayudas públicas gigantescas -con dinero de todos los contribuyentes- a los mismos bancos y cajas que se están comportando con sus clientes hipotecados tal como se comportaba el pirata Barbanegra con las víctimas de sus abordajes. Y entre medias, repito, ha habido tres suicidios -que en realidad han sido más, porque la ola de suicidios por desahucio empezó hace mucho tiempo-, aunque nadie se haya preocupado de cambiar una legislación que imponía unas condiciones casi esclavistas a las personas que habían contraído una hipoteca y no estaban en condiciones de pagarla.

Las humanos podemos renunciar a muchas cosas -incluso a las personas que más amamos-, pero es imposible que renunciemos a la casa en la que hemos depositados nuestras esperanzas y nuestros sueños. Sin una casa en la que sentirse protegido y en la que encontrar una especie de refugio contra los males del mundo es imposible llevar una vida que merezca ser vivida. En las calles más siniestras de Manila, donde miles de familias tienen que vivir en las aceras o en los vertederos porque no tienen ningún otro sitio, disponer de tres metros cuadrados de basura o de acerado público donde levantar un simulacro de hogar -aunque no sea más que una toalla y un hornillo de camping-gas- supone el mínimo vital al que nadie está dispuesto a renunciar. Por eso es tan dramática la situación de las personas que pierden su casa. Y por eso hay gente que prefiere suicidarse antes de aceptar la humillación intolerable de perder esas cuatro paredes donde había decidido construir su hogar.

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