análisis

Rogelio Velasco

Deuda pública y privada y salida de la crisis

Especialmente grave resulta el endeudamiento de familias y empresas, porque en la medida en que continúe el desapalancamiento, ni las primeras van a poder animar el consumo ni las segundas la producción

SI la historia sirve de alguna ayuda, los países que acumulan una gran deuda, pública y privada, sufren, invariablemente, episodios de caídas profundas de la actividad y gran aumento del paro, seguidos por periodos prolongados de bajo crecimiento y graves crisis financieras. Los gobiernos, las familias o las empresas -individual o conjuntamente- tienen que dedicar una parte considerable de sus rentas a hacer frente al pago de las deudas contraídas, lo que impide dedicar recursos para el consumo y la inversión.

Como media histórica, desde el inicio de la crisis transcurren 2 años con una intensa caída del PIB, y el endeudamiento público y privado continúa creciendo. Durante los 2-3 años siguientes, el endeudamiento comienza a reducirse (desapalancamiento) y el PIB sigue cayendo. No es hasta que han transcurrido estos periodos, esto es, 4-5 años desde el inicio, que el PIB en términos reales comienza nuevamente a crecer y la relación entre deuda y PIB se estabiliza.

No es ésta la duración secuencial que observamos ahora. Nos encontramos todavía con un PIB prácticamente plano, pero el endeudamiento sigue creciendo, cuatro años después de iniciada la contracción, incluso en aquellos países en donde la actividad muestra tasas positivas. Esto sugiere que la duración de esta gran etapa recesiva va a durar más tiempo que la media histórica. Sólo el caso de la crisis de Japón parece comparable en cuanto a duración, pero la gran tasa de ahorro de las familias niponas le ha permitido la financiación de la deuda.

La economía española lleva dos décadas experimentando una tasa de crecimiento de la deuda -pública y privada- con relación al PIB, superior a las de los restantes países. Así, durante la década de los noventa la deuda pública y privada (familias, empresas y bancos) con relación al PIB creció a una tasa anual del 4,1%, sólo superada esos años por la Alemania reunificada. En la década pasada se aceleró a un ritmo del 6,7%, superior a la del resto de países. Globalmente, en esas dos décadas pasadas, esa relación casi se ha duplicado.

¿Cómo es la composición y qué sectores resultan más vulnerables? Con datos de 2010, la deuda total de la economía española, pública y privada, externa e interna, con relación al PIB ascendía al 380%. El sector más endeudado es el de las empresas, con el 143%, seguido de las familias con el 92%, los bancos con el 82%, correspondiendo el resto al sector público. Sólo el 29% de esa deuda está en manos extranjeras.

Las empresas privadas y las familias, por tanto, están más endeudadas que los bancos y el sector público, aunque esta relación no signifique que no puedan estarlo, dada la distinta naturaleza de los agentes comparados y la capacidad de pago de las deudas. Pero si podemos afirmar que las familias españolas son las más endeudadas, sólo por detrás de las inglesas y norteamericanas y las empresas son las más endeudadas del mundo. Sin embargo, los bancos y el sector público aparecen entre los menos endeudados.

Especialmente grave resulta el endeudamiento de familias y empresas, porque en la medida en que continúe el desapalancamiento, ni las primeras van a poder animar el consumo ni las segundas la producción, afectando muy negativamente al empleo.

De las tres posibles formas que existen para salir de esta crisis, dos están -esperemos- descartadas. La primera, una suspensión de pagos con fuerte reducción de la deuda. La segunda, generar una inflación más elevada para ir reduciendo la deuda real de los deudores. Mientras exista el Banco Central Europeo (BCE), tampoco es posible. En ambos casos, se trataría de una transferencia masiva de recursos de acreedores a deudores.

La tercera -la más usada-, ha sido apretarse el cinturón. Esta opción es la más larga en el tiempo y la más dura, porque empresas y familias tienen que ir simultáneamente reduciendo sus deudas a un ritmo mayor que las reducciones que experimenten el consumo y la producción de las empresas, sin que paralelamente se genere una crisis financiera más profunda aún.

Los datos históricos también señalan que la economía no vuelve a crecer significativamente, hasta que la deuda pública no se reduce en un 25% respecto del PIB. También nos muestran que las exportaciones han jugado un papel clave para que la actividad económica retorne a una senda de crecimiento robusto.

Las economías occidentales siguen aumentando el endeudamiento público, incluso aquellas en las que el sector privado ya crece. La crisis es general, por lo que un crecimiento elevado de las exportaciones simultáneo en todos los países no es posible. Todo esto sugiere que la crisis va a durar más de lo que inicialmente se había previsto y de lo que los patrones históricos nos muestran.

La economía española tiene que reducir su endeudamiento sustancialmente los próximos años. Las llamadas al crecimiento generalizado del crédito no tienen sentido. Sólo las empresas viables o las reestructuraciones para facilitar los pagos deberían recibir financiación. Van a continuar desapareciendo empresas que son prescindibles -demasiadas peluquerías, gimnasios, bares, etc-. El Gobierno español va a tener que adoptar medidas impopulares. Las expectativas crecientes sobre servicios públicos van a desaparecer, entre otros recortes.

El Ejecutivo tiene por delante la muy difícil tarea de que se cree empleo con unos recursos financieros muy limitados. Y todo esto deberá hacerlo antes de que los mercados no quieran seguir financiando la deuda pública, que está compensando lo que el sector privado no puede en estos momentos aportar.

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