Editorial

El 'Día D' de los inmigrantes

CUANDO la decisión de dejar su país ya ha sido tomada por un hombre desesperado o perseguido, o por una mujer que busca en Occidente un futuro mejor para ella y para el hijo que lleva dentro, o por un adolescente o un niño que ya sabe que por mucha miseria que encuentre tras el desembarco ésta serán las migajas de la opulencia con las que ha soñado en su covacha africana, ha tenido lugar el momento crucial del viaje. El inmigrante sin documentación ha dado entonces el paso. Se considera preparado para todo lo que venga, porque lo peor lo ha dejado atrás. El único obstáculo que se plantea insalvable es la muerte, y tiene intención de evitarla como sea. Ya lo ha conseguido con sus modalidades más cruentas al abandonar el sitio en el que nació, del que la parca se ha enseñoreado con el ropaje andrajoso de la hambruna, el genocidio y la epidemia. ¿Quién en su sano juicio no intentaría escapar de un territorio asolado de esa manera? Así que ni el mar, ni las vallas, ni los muros, ni la Policía le harán desistir de conseguir su objetivo. Ahí radica la fuerza de su empeño, que llevará a cabo, si es preciso, a escasos centímetros de las hélices de un ferry o contorsionado hasta extremos inhumanos en una maleta escondida bajo la guantera de un coche. ¿Muerte por hipotermia o por ahogamiento en el naufragio de una patera? Minucias que tienen que afrontar el hombre, la mujer y el niño que suben a la patera en comparación con el exterminio al que se exponen si se quedan en tierra. Eso es lo que han hecho, como sus predecesoras y las que los seguirán, los centenares de personas que en las últimas 48 horas han protagonizado una avalancha hacia territorio español. Sólo ayer, más de 800 fueron rescatadas en aguas del Estrecho, muchas de ellas a bordo de barcas de juguete, 700 intentaron saltar la valla de Melilla y entrar en la Ciudad Autónoma, y casi 200 llegaron a las costas de Gran Canaria ocupando nueve pateras, rememorando la odisea de los cayucos en el verano de 2006. El Gobierno español encuentra una justificación para este "puntual" tsunami humano en el buen tiempo y el estado del mar, tan bonancible para la singladura de las pateras. Su delegada en Andalucía, Carmen Crespo, celebra que no haya habido muertes en la travesía. Es una visión narcotizada, tranquilizante, autocomplaciente -y por lo tanto falsa-, de un problema que crece cada año. Tarifa está saturada. La ciudad habilitó el polideportivo municipal para acoger a los inmigrantes, cuyo recuento se prevé "dramático", según Cruz Roja. En lo que va de año, unos mil subsaharianos han sido interceptados en el Estrecho, una cifra muy superior a la de 2013. El problema persistirá mientras Occidente -y España es la entrada- sólo se preocupe de las consecuencias, que tanto le afectan, y no de las causas de este éxodo.

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