Día del librero quejica

Siento insumisión ante las librerías que aún hoy se trabajan su rancio aroma a superioridad intelectual de la izquierda

No existirían algunos gremios si uno no los asociara a su tradicional lloriqueo. Pienso en el gremio de los agricultores, los taxistas, los hosteleros y los libreros. ¿Qué sería de ellos sin la quejumbre? Dijo Hobbes que cuando nació lo hicieron él y su miedo. Muchos otros lo hicieron con la queja y el refunfuño. Cada cual ejerce su constitucional derecho al rebrinque. Un agricultor irritado por la sequía o el granizo, igual que un taxista de entonces agrio y desaseado, era una estampa cotidiana en nuestras vidas de antaño. Su desabrido modus vivendi formaba parte de cierta convivencia llevadera. La vida con nuestros semejantes era así y había que aceptarlo. Igual que uno tenía que soportar el claxon del coche de un hijo de mala madre, los cohetes al cielo de los rocieros o el infame flamenquito en los veladores. Algo se ha mejorado incluso. Muchos taxistas, por ejemplo, son hoy por hoy un dechado de cortesía versallesca.

Mañana, 11 de noviembre, es el Día de las Librerías. Uno no asocia la imagen del librero con ninguna estampa tópicamente amable, sino más bien con la queja existencial del gremio, la falta de ayudas oficiales, la burocracia kafkiana, la competencia desleal, el cansancio, el heroísmo de la resistencia, la precariedad, el demencial sistema de devoluciones y lanzamientos de las editoriales, el precio único del libro, el nuevo discurso sobre si son agitadores culturales o sobre si comprar libros es un acto político... El Día de las Librerías nos recuerda el eternal fastidio del librero por encima de sus no pocas virtudes. Pero ahora toca, por si fuera poco, la angustia por la falta de suministro de papel por la actual coyuntura. Así y todo -y sin contar con la Navidad- se prevé que 2021 sea bueno y supere en un 15 por ciento las ventas de libros en 2020.

Obligado a tratar con ellas desde hace años, mi memoria en librerías es elemental y aburrida (dejo aparte las librerías de viejo). Jamás he conocido a un librero -o librera- al que guardar especial afecto más allá de la mera educación. Nunca he esperado que fuera entrañable ni que ejerciera de solícito mentor de nada. Es más, el tiempo me hace añorar la hosquedad que uno notaba a veces en las librerías Beta de Sevilla. Comprar un libro nunca me ha hecho partícipe de acto político alguno ni de ningún otro disparate parecido. Siento insumisión perpleja ante las librerías que aún hoy se trabajan su rancio aroma a superioridad intelectual y moral de la izquierda. Pobre Camus. El Día de las Librerías deberíamos celebrarlo, por fin, libre de tópicos bonitos.

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