Divina luz de nuestras vidas

Tu corona -la más fina y elegante, nimbo de tu cara- se pagó con un festival organizado por Joselito

07 de abril 2023 - 01:46

Una vez me preguntaron qué es para mí la Macarena. Contesté: la única luz que permanece encendida cuando todas se apagan. Como los farolitos de los modestos retablos -estampa coloreada, frágiles celosías- que permanecían toda la noche encendidos en tantas casas, los faroles de los azulejos en los corredores de entrada de los corrales, las lamparillas de promesa que se ponen en el azulejo del costado de su Basílica, las luces verdes que alumbran el azulejo que en su Arco la proclama Tabernáculo de Dios y Puerta del Cielo.

Por eso, Esperanza, no por presunción, las gentes de tu barrio hicieron tu fama primera con su devoción clara y honda como agua de pozo y con sus vidas, tan probadas, escribiendo con mayúscula la palabra que cierra, a la vez que la abre a un luminoso futuro en el que se regresará del llanto y florecerán los besos, la Canción última de Miguel Hernández: "Dejadme la Esperanza".

Por eso, Esperanza, no por prepotencia, tu hermandad te dio cuanto pudo para multiplicar la luz de tu cara y agrandar tus ojos valientes que miran de frente rasgando el negro velo de la muerte que separa el tiempo de la eternidad. Y con tu hermandad, las gentes de tu barrio y de toda Sevilla, que tu corona -la más fina y elegante, nimbo de tu cara- se pagó con un festival taurino organizado por Joselito, una herencia familiar, alfonsinas monedas de oro donadas por los puesteros de tu mercado de la Encarnación y donativos de los sevillanos; y este año llevas el mejor manto jamás bordado -fina celosía de oro sobre delicada nebulosa verde- ofrendado por suscripción popular respondiendo al llamamiento de la infanta doña Esperanza: "¡Sevillanos, que el manto de la Madre nos junte a todos en un mismo sueño; que al verla pasar, en la madrugada augusta, todos podamos mirarla con emocionado orgullo al pensar que en su manto va el afán de un día, de una hora, de un minuto de nuestra vida!".

Ni presunción ni prepotencia hay en la exaltación de la Esperanza. Solo cumplimiento de lo que mandó su Hijo: "Nadie enciende una lámpara y la pone en un lugar oculto, sino sobre el candelero, para que los que entran vean la luz". Es tu ajuar, Esperanza, y tu cofradía entera, de las cuatro bocinas que la abren a los cantos macarenos del Carmen de Salteras, ese candelero en el que los tuyos te alzan para que todos puedan ver la luz de Dios resplandeciendo en el rostro de su Madre. Bendita sea Sevilla por tenerte, divina luz de nuestras vidas.

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