La tribuna

José Manuel Cansino

Economía de fábula

PUEDE que a usted no le interese la macroeconomía, pero a la macroeconomía sí le interesa usted. Con esta afirmación saluda el profesor Bradford Delong a los lectores de su conocido Manual de Macroeconomía. Sugerente afirmación, sin duda pero, verdaderamente, ¿sirven para algo los economistas? Es la pregunta que está en la mente de muchos ciudadanos informados.

Aún hoy día, poco concluyente nos dicen los expertos en ciclos económicos, no sólo sobre cómo es posible anticipar las etapas de crisis, sino también sobre su duración y forma de salir de las fases de decrecimiento.

A falta de conclusiones académicas, si las lecciones a extraer de esta crisis que inunda el calendario son del tipo "la avaricia rompe el saco" o hay que emular a la hormiga en lugar de a la cigarra, entonces ¿para qué una Ciencia cuando podemos encontrar recetas eficaces en el refranero y en las fábulas de Esopo?

La economía es una ciencia sobre la que ahora se extiende una casi general sospecha de inutilidad; no tanto por su capacidad para interpretar los sucesos económicos pasados, ni tampoco para describir las relaciones económicas cotidianas, pero sí para predecir con acierto ni siquiera el corto plazo. Baste un dato para ilustrarlo; las predicciones de la OCDE.

El Economic Outlook de noviembre de este organismo internacional que agrupa a los países más desarrollados, preveía una caída del PIB español en 2009 del 0.9 %. La misma publicación lo estima ahora en el 4,2 %, lo que significa una diferencia de unos 36.140 millones de euros a la baja. En los últimos meses, las "correcciones" de las previsiones han sido tan frecuentes como gruesas.

Por supuesto que hubo quien predijo la crisis, ahí están los artículos de Nouriel Roubini (Universidad de Nueva York), pero efectivamente no lo hizo el mainstream del conocimiento económico si convencionalmente lo suponemos alojado en los potentes gabinetes económicos del FMI, la OCDE o el Banco Mundial.

No todo son, sin embargo, errores. Acierta el profesor Gual (ESADE) cuando señala que el boom inmobiliario que comenzó tras la crisis de las punto.com, se encontró con una combinación de tipos de interés bajos y una inflación reducida, que permitió un crecimiento espoleado del crédito.

Entre mayo de 2000 y diciembre de 2001, la Reserva Federal de EEUU bajó los tipos de interés en once ocasiones, pasando del 6,65 % al mínimo histórico del 1 %, recuerda también con razón el profesor Juan Torres en La crisis financiera (Ed. %ATTAC).

Quien más y quien menos se lanzó a la vorágine especuladora comprando sobre plano y dando el pase antes de escriturar la vivienda. "Nos metieron el dinero por la boca con tenazas y nos gustó", ha escrito Carlos Salas en La crisis explicada a sus víctimas (Ed. Áltera). Nada de esto fue posible sin la combinación de, al menos, tres elementos; la actuación del sistema financiero, el papel de los inversores institucionales con frecuencia residentes en paraísos fiscales y el de las agencias de calificación de riesgo.

La avaricia es parte del comportamiento humano; ese mismo que acaba de denunciar Benedicto XVI en la Encíclica Caritas in veritate. No en balde, la moral religiosa siempre ha sido un factor de contención social para todo aquello que condenaba, por ejemplo el robo o la propia avaricia.

Así es que en una sociedad que progresivamente da la espalda a esta moral, se generaliza la avaricia históricamente mucho más contenida. Por eso, y aquí discrepo del interesante libro de Juan Torres, no se puede ideologizar una crisis socialmente transversal, convocando a las izquierdas a promover un sistema económico alternativo sobre una pretendida supremacía moral que la Historia no soporta sin discusión.

Y sobre la utilidad de la Ciencia Económica… ¿retiramos el crédito a la Sismología por no predecir los terremotos, o a la Meteorología por no hacer lo propio con las inundaciones o las sequías? ¿Podemos repetir las crisis económicas a modo de experimentos para tomar nota de cada episodio, extraer lecciones y predecir mejor?

Es posible que sintamos vértigo al vacío científico si tiramos por el desagüe todos los paradigmas sobre los que se asientan las ciencias que yerran en sus predicciones.

Sin embargo, el refranero no nos ayuda a saber por qué los empleos españoles son extraordinariamente más frágiles que los europeos o su productividad más baja. Tampoco las fábulas. La Teoría Económica y la Economía Aplicada, sí. Sin duda, su capacidad predictiva está en solfa pero la contribución de los economistas al desarrollo económico, no.

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