La tribuna

Manuel Machuca

Ecuador: regreso al pasado

LA celebración del bicentenario de las independencias hispanoamericanas está coincidiendo con el regreso de sublevaciones y levantamientos, esas que han jalonado tristemente la historia de nuestros países en los últimos doscientos años, no importa a qué orilla del Atlántico nos podamos estar refiriendo.

La tolerancia es tarea de años, es fruto de generaciones y de historia, mucho más de que exista democracia formal o no, y en el mundo hispanoamericano es muy frecuente, en un concepto demasiado parroquial de lo que significa la lealtad, sustituir el debate de ideas por la agresión personal, amén de demonizar o excluir a quien piensa diferente.

Si el año pasado fue Honduras, ahora le ha tocado a Ecuador, probablemente animados sus impulsores por la tibieza de la comunidad internacional en la respuesta al golpe de estado centroamericano.

Aquella vez se miró para otro lado, o se protestó en voz baja. A costa de debilitar más la frágil democracia de la zona, se antepuso evitar la propagación del populismo bolivariano, cuyo avance hacia el norte, con la victoria electoral de Daniel Ortega en Nicaragua, podría percibirse como un problema serio en la región. Tras las elecciones en Honduras, se corrió un tupido velo sobre lo ocurrido, y tanto al depuesto Zelaya como al golpista Micheletti, incluso al propio país, se los tragó la tierra mediática y nunca más se ha sabido de ellos.

Sin embargo, el intento ecuatoriano es de mucho más largo alcance, a pesar del desenlace final ocurrido. Se trata de un país considerado del círculo íntimo del entorno de Hugo Chávez, y se ha realizado en un momento que puede no ser casual, como el de los días posteriores a unas elecciones en Venezuela, en las que el liderazgo del heredero plenipotenciario de Simón Bolívar se ha puesto en entredicho.

A pesar del efecto contagio que en las castas ecuatorianas haya surtido el golpe hondureño, aunque haya sido de lo primero que se ha negado, hay que resaltar ciertas diferencias. En primer lugar, esta vez el Ejército ha sido leal al presidente de forma mayoritaria, y sólo un número escaso de sus miembros, junto a un grupo de policías molestos con una nueva ley sobre salarios, han sido quienes lo intentaron. Y por otra parte, es necesario hacer especial referencia a la sólida formación intelectual del presidente sudamericano Rafael Correa, cimentada en sus estudios en Estados Unidos y en Europa, a años luz del depuesto Manuel Zelaya, de Evo Morales o de ese bravucón de Hugo Chávez, al que todavía no le da la real gana de callarse ni debajo de agua. Esta formación le ha hecho tomar cierta distancia de su socio venezolano y ganarse una imagen más respetada en el escenario internacional que el dirigente venezolano. Cosa que, por otra parte, tampoco es muy difícil.

Si en estos últimos años fue emergiendo una cierta conciencia indigenista en la región, como el movimiento liderado por el subcomandante Marcos en México, la llegada de Evo Morales en Bolivia, e incluso de Rafael Correa al poder, el populismo de Hugo Chávez está volviendo a renacer los viejos fantasmas golpistas en la región, alentados por un concepto de democracia muy poco basado en la convivencia, y mucho más volcado en la demostración del poder por parte de quien lo ostenta.

Por más que la detención de Rafael Correa en el hospital por unas horas haya sido un incidente con pocas consecuencias, Iberoamérica debería hacer una reflexión profunda sobre la debilidad de sus democracias, demasiado proclives a su contaminación de un populismo que además ya ha visto que no son necesarios los golpes de estado para instalarse en el poder.

Bajo el manto formal de la democracia, el populismo sigue gozando de buena salud en la región, con el grave peligro de seguir siendo el origen de un círculo vicioso, que imposibilite las necesarias políticas educativas que puedan hacer salir del subdesarrollo económico e intelectual a la población, única arma posible para combatirlo y que algún día la democracia real llegue a la zona.

Nada puede justificar la suplantación de la voluntad popular por los intereses de un determinado grupo de presión. Pero ello no quita la necesidad de que en Iberoamérica se piense sobre estos años de democracias formales, que lejos de haber traído progreso y prosperidad ha fortalecido en el poder a los de siempre, aunque hayan sustituido el uniforme caqui por el traje y la corbata, y todavía alientan a quienes piensan que con una pistola al cinto pueden cambiar el mundo.

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