La tribuna

antonio Montero Alcaide

Enseñanza de príncipes y plebeyos

LOS infantes y los príncipes, en el devenir de los siglos, solían recibir enseñanzas de maestros esclarecidos, de doctores sabios e incluso de cortesanos ilustrados para así orientar y sostener su reinado. Sirva de ejemplo: "Los actos de rigor se deben hacer todos juntos, a fin de que, habiendo menos distancia entre ellos, ofendan menos; en cambio los beneficios se deben hacer poco a poco, a fin de que se saboreen mejor". Principio de incipiente teoría política al que se alude en El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, una obra expresamente compuesta, en pleno Renacimiento, para Lorenzo de Médici, y que sigue siendo manual de cabecera para muchos en esta posmodernidad más líquida. Hacía notar además Maquiavelo, que, al conquistar un Estado -cambiemos, sin señalar, al ganar unas elecciones-, "debe el ocupador pensar en todos los actos de rigor que le es necesario hacer, y hacerlos todos de una vez, para no tener que renovarlos todos los días, y poder, no renovándolos, tranquilizar a los hombres y ganárselos haciéndoles bien". De 1513, año en que se compuso El Príncipe, a hogaño transcurre medio milenio, pero la enseñanza, la doctrina, se ha hecho clásica al no perder actualidad.

Preocupado por la tiranía, Santo Tomás de Aquino anticipó, en Del Gobierno de los Príncipes, dedicado, en 1266, al Rey de Chipre, lo que popularmente suele decirse así: "Otro vendrá que bueno me hará", y tampoco es por señalar. Sostiene el de Aquino que es conveniente, por ello, tolerar cierta tiranía para evitar males mayores: "También acontece que cuando el pueblo con ayuda de alguno deshace al tirano, aquel con la nueva potestad se adjudica y usa de la tiranía, y temiendo que otro haga con él lo que él hizo con el pasado oprime con mayor servidumbre a los súbditos, y así en las tiranías suele suceder que la que sigue es más grave que la de antes; porque el que entra no quita las cargas viejas y por su malicia traza otras nuevas". Si las convulsas primaveras árabes pueden tomarse como muestra, bastará cambiar tirano y tiranía por sucesor y por puesto o cargo para aplicar con efectos contemporáneos tan medieval pensamiento.

Un siglo después, con idéntico empeño y similar título, el ermita agustino Egidio Romano, discípulo de Santo Tomás, dedica su obra al rey francés Felipe el Hermoso, y aconseja lo que sigue: "Es de vez en cuando necesario doblar la ley hacia una de las partes, y ser más misericordioso de lo que la ley permite; también es necesario a veces doblar la ley hacia la parte opuesta, y castigar con un rigor que sobrepase el de las mismas leyes". Y no es, con tal criterio, que se invoque el precepto de Cicerón, "Summum ius, summa iniuria", con que el orador y jurista romano del siglo I a. de C. entendía que la aplicación estricta de la ley, al pie de la letra, podía conducir a la mayor forma de injusticia. Sino que se alude a una acomodación de la justicia próxima a la más rechazable arbitrariedad, cuando no a un cumplimiento de las penas en el que no opere la debida proporción. Y ni esto podía disculparse en la Edad Media ni cabe hacerlo ahora con los sucios delitos de cuello blanco.

Finalmente, reclamando un favor antiguo a Pedro I de Castilla, que su padre Alfonso XI murió sin procurarle, un sabio rabino judío, Sem Tob de Carrión de los Condes, dio forma, sobre 1350, a unos Proverbios Morales, donde, en la edición crítica y versión de Agustín García Calvo, que lleva por título Sermón de Glosas de Sabios, se señala: "Amigo que te alabe por algo bueno que no hiciste, no debes fiarte de él, que algún mal que no hayas hecho te lo ha de reprochar a tus espaldas -estate seguro-. El que tiene por costumbre adular, no le creas: quien por adularte te hable mal de otro, a otros igual de bien les dirá de ti otra cosa parecida". Y si los recios tiempos medievales no parecen propicios para los modos del relativismo, Sem Tob advierte lo contrario: "Lo que uno maldice, veo que otro lo alaba; lo que este pone lindo, el otro lo afea. […] Por la misma razón que uno hace algo, otro deja de hacerlo; con lo que a mí me da gran gozo, otro se atormenta". Del mismo modo que el hedonismo de hogaño era ya considerado por el rabino para atemperarlo en su justa medida: "A cada placer le asignan los sabios un tiempo determinado (de duración): a partir de ahí, van sin cesar menguando"; o para lamentarse por su pérdida: "No conozco yo tristeza que más me haga quemarme que placer que estoy cierto que se ha de terminar".

Como se ve, rescatar algunas de estas enseñanzas no es mal ejercicio cuando parecen faltar las certezas o los principios mayores. Si bien, más que faltar, porque al cabo resultan clásicos y universales, la cuestión es que se desestiman y abandonan. Por lo que necesario será también aplicarse al "conócete a ti mismo", proclamado en el templo de Apolo, en Delfos. O al "conoce tu medida y no errarás nunca", del rabino Sem Tob. Se trate de reyes o de plebeyos.

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