Hoy es el día de Reyes, y hay en esta jornada algo bastante español, en el sentido de organizar las cosas en tiempos y horarios no precisamente racionales. En un país líder -a pesar de los pesares- en calidad de vida; o sea, disfrute de la calle, relaciones vecinales, empresas potentes dentro y fuera, sistema sanitario público, monumentalidad, acervo cultural, infraestructuras, genio deportivo, clima, donación de órganos, seguridad, libertad de expresión, soporte familiar, gastronomía y tantas otras cosas que tienen en alta estima los millones de personas que nos visitan cada año y cada vez en mayor medida, solemos flagelarnos tirando por tierra lo conseguido a lo largo de siglos, por un sectarismo cainita, también tan nuestro. Pero resulta tierna y algo quijotesca la singularidad de ciertas costumbres, como la del día de hoy: los pequeños reciben sus juguetes pocas horas antes de volver al cole… tras unas vacaciones largas en exceso.

Genio y figura de un pueblo diverso y en permanente discusión. En esto también somos sui géneris: a diferencia de otros países, en los que las tensiones nacionalistas surgen de la injusticia y la opresión fáctica en ciertos territorios, en España los que quieren marcharse son los que han sido más agraciados por la evolución histórica de los modos de producción, incluso por el favor del dictador y hasta por la pólvora: nuestros disidentes son los más ricos, y quienes desean con frenesí y fenomenal desahogo largarse de la vieja casa común visten de agresión una reclamación fiscal, que subyace. Peculiaridades de un país que cuando mejor lo tiene o cuando se levanta de una caída se inventa una forma de darse un tiro en un pie.

No hablamos tanto de las pensiones y de lo inquietante de su cuadre futuro, ni de la mejora notable del nivel de empleo que, sí, es ramplón y precario; tampoco de la anunciada vuelta a la desaceleración económica y quién sabe a qué retroceso de unos ciclos cada vez más cortos e impredecibles, o de la amenazante dimensión de la deuda pública. De la bomba de relojería del deterioro de la enseñanza pública escolar o de nuestro papel en una Europa que no ha dudado en abofetearnos acogiendo en Bruselas a un mesías que ha intentado dinamitar al Estado desde el poder. Preferimos, o eso parece, atacarnos y despellejarnos con furia española por cuestiones superficiales, epidérmicas, que mueven a la inútil mala leche. Pero no hay duros a cuatro pesetas: Spain is different (es un lema del tardofranquismo, pero no nos pongamos dignos). Diferente. A mucha honra y no menor hartura.

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