¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
BAJO un cielo gris oscuro y brillantes paraguas una pacífica bulla aguardaba al Rey en el Salvador. Unos se agolpaban en la plaza tras las vallas. Otros, no más de dos hileras, esperaban en las aceras de la Cuesta del Rosario. Entre los coches que bajaban despacito de la Pescadería a San Francisco pasó un voluminoso todoterreno, tras cuyo volante se expandía un conductor a juego con él, por cuya ventanilla emergió una maciza cabeza cubierta por un casco de pelo engominado que vociferó: "¡Monárquicos maricones!". Aunque por un momento se pudo temer lo peor cuando a su apoplético aspecto se sumó el enrojecimiento causado por la homófoba pasión antimonárquica y el esfuerzo de gritar, nada le pasó y ninguna atención le prestó la gente. Así que, como el valentón cervantino, el incontinente caló el chapeo, requirió la espada (en este caso el volante), miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Tiempo después un escuálido piquete republicano provisto de banderas inconstitucionales se entretuvo en abuchear al Rey, corear vivas a la República, hacer de bruja Lola pronosticando que "España, mañana, será republicana" (es de esperar que con el mismo nivel de acierto que la popular adivina) y gritando "¡fuera la monarquía!". Eran tan pocos que su colega del todoterreno podía ocupar el mismo espacio físico que ellos. Cuando se dieron por satisfechos se fueron por Entrecárceles, agitando sus reliquias inconstitucionales, entre la general indiferencia.
Me alegró ver que estos residuos de las dos Españas eran insignificantes frente a quienes pasaban por allí, se paraban un momento por curiosidad y seguían camino de sus asuntos; y frente a quienes habían esperado bajo la lluvia para vitorear al Rey constitucional de nuestra democrática monarquía parlamentaria.
Hubo un tiempo en el que estas dos Españas berreantes eran mayoritarias y, tras cargarse la entonces minoritaria tercera España (la democrática, fuera de derechas o izquierdas, monárquica o republicana), se devoraron entre ellos, arruinando de paso al país y condenándolo a una dictadura de cuarenta años.
Hoy la tercera España es la mayoritaria y los energúmenos antidemocráticos de las fatídicas dos Españas que les helaban el corazón (además de romperles la crisma) a los españolitos que venían al mundo están tan solos, fanés y descangayados como el personaje del tango de Gardel. Así deberán seguir, tan solos como el tipo del todoterreno y la escuchimizada manifestación groseramente republicana (porque tampoco es que fueran de la estirpe de Alcalá-Zamora, Azaña o Sánchez Albornoz) se quedaron ayer por la mañana.
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