Postrimerías

Ignacio F. / Garmendia

Estética

PUEDE que posen de virtuosos catequistas o entonen un discurso arrogante, llamativamente cercano al de los predicadores, pero a los emergidos, ya no tan virginales, ya no tan incontaminados de los vicios que con razón achacaban a los representantes de la vieja política, hay que agradecerles -tanto si han sido ellos los impulsores como si se han limitado a recoger lo que llaman la voz o el clamor de la calle, pues para eso, no para obedecer a los jefes, están los diputados de cualquier parlamento- el nuevo rigor a la hora de juzgar comportamientos que durante demasiado tiempo han sido tolerados con esa mezcla tan nuestra de resignación, fatalismo e indiferencia. No es que hasta ahora no se denunciaran los desaguisados, pero es verdad que a una parte no pequeña de los electores no parecía que le preocupara mucho la ejemplaridad de los cargos públicos, entre los que han abundado los sospechosos o los imputados recalcitrantes, literalmente incombustibles, que respondían a sus acusadores con palabras retadoras y en ocasiones solicitaban expresamente la condonación de las urnas.

Esa tolerancia no ha desaparecido, pero por efecto de la crisis, del hartazgo o de ambas cosas hay ahora, como suele decirse, una mayor sensibilidad frente a las conductas que los remilgados definen, cuando no son abiertamente ilegales, como antiestéticas, fino adjetivo que no sólo evita recurrir al rico léxico malsonante de la lengua castellana, sino que -ignorando la vieja máxima latina: nulla aesthetica sine ethica, que vale también a la inversa- rebaja la gravedad y desplaza los errores, valga de nuevo el habitual eufemismo, a un terreno decorativo. Es bueno que quienes ejercen responsabilidades políticas se sientan controlados y sepan que no pueden dedicarse a según qué manejos, beneficiarse del desempeño de las eventuales magistraturas o confundir, durante o después, los intereses públicos con los privados. Se les recuerda a menudo, pero se nota que no todos están convencidos y los más desenvueltos tampoco renuncian, si ellos o los suyos son cogidos en falta, a presentarse como víctimas de una inquisición inexistente. El caso del ex ministro evasor de impuestos, promocionado de mala manera a las primeras de cambio, o el aún más inquietante del expresidente de la Comisión Europea reconvertido en ejecutivo de una firma de postín, vinculada al famoso fraude de las hipotecas y responsable en su día de la ocultación de la deuda griega, prueban que algunos todavía no lo han comprendido. O no se han enterado, cosa improbable, o -dicho ahora sin rodeos- les importa un carajo.

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