Paisaje urbano

Eduardo / osborne

Ética gamberra

Cuando a un partido lo votan cinco millones de personas hay que pensarlo dos veces antes de criticarlo. Si además resulta que ese partido no existía hace apenas dos años, sus líderes no tenían relación conocida con la política, ni estaban alineados con corrientes o alternativas derivadas de los partidos tradicionales, hay que convenir en que había mucha gente oculta necesitada de otros discursos que han corrido a abrazar este utópico y rupturista, propio de una sociedad rota por la larga crisis y los inacabables casos de corrupción.

Son estos factores, la crisis y la corrupción, los que han alzado a Podemos (y, en menor medida, a Ciudadanos) a la primera línea de la política española, socavando los cimientos del bipartidismo. En España no hay cinco millones de okupas, ni de artistas, ni mucho menos de perroflautas. Lo que hay son muchas personas sin empleo, muchos jóvenes sin futuro, muchos funcionarios desengañados… muchos objetores, en suma, de las presuntas bondades del sistema. A esos se han estado dirigiendo eficazmente Pablo Iglesias y su gente todo este tiempo, con su estética desenfadada y sesentayochista, su discurso populista con un aire a lo Gramsci de otro tiempo, su verborrea de delegado de facultad, sus ayudas inconfesables, con sus mentiras groseras y alguna verdad incontestable.

Confieso que en el debate a cuatro televisado antes de las elecciones mi ganador fue precisamente Iglesias, coherente con sus planteamientos, sustancial en sus ideas e inusualmente moderado en el tono, posiblemente motivado por la posibilidad cierta del sorpasso que finalmente no se dio. Hoy, sin embargo, su discurso se ha vuelto más agrio, más radical, y sus descalificaciones lo descalifican sobre todo a él. Un error. Su actuación en el debate de investidura con el ínclito Rufián como telonero, plagada de lugares comunes y de llamadas a la confrontación, con insultos incluidos, indica un deslizamiento hacia sobreactuaciones que nada aportan al necesario debate de las ideas, una suerte de ética gamberra de corto recorrido.

Como él mismo ha dicho en alguna ocasión, a la gente no se le toma el pelo tan fácilmente; por eso, tantos han dicho basta a tanto nepotismo y despilfarro. Pero igual que muchos le han dado su confianza en las urnas, esos mismos pueden retirársela si no se ocupa mayormente de pelear por sus problemas donde debe, que no es otro sitio que en el Parlamento.

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