¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
Hotel España
ANTE este trabajo, que versa sobre una parte importante de la historia política y social de la Baja Edad Media en la Península Ibérica, uno llega a la conclusión de que al infante de Castilla, luego rey de Aragón y de Sicilia, le adornaban algunas de las cualidades que Ortega y Gasset, en su ensayo Mirabeau o el político, juzga como esenciales de la personalidad de éste. También poseía don Fernando algunas virtudes humanas estimables y no creemos haber sido ganados, ni por el personaje, ni por la hábil propaganda fernandista elaborada en vida del mismo y continuada en crónicas e historias a lo largo de los siglos.
Según Ortega, al político de raza lo caracteriza, entre otras muchas virtudes, el saber expresarse con la palabra justa. Citaba al respecto las que su admirado Mirabeau lanzó al cortesano enviado por Luis XVI para comunicar a los diputados del Tercer Estado la clausura del salón donde se reunían -¡Dile a tu amo…!-. Así, con un solo término quedaba caracterizada y deslegitimada la monarquía absoluta.
En las Cortes celebradas en Segovia en febrero de 1407, para tratar de la inminente campaña contra el reino nazarí de Granada, después de medio siglo de relativa paz y buena vecindad, el infante don Fernando, desde la muerte de su hermano Enrique III El Doliente en la Navidad del año anterior, corregente del reino junto con la reina viuda Catalina de Lancaster, explica como nadie los fundamentos ideológicos de la agresión militar. Para aquél los musulmanes granadinos son:
"…enemigos de nuestra Fee (…) por la guerra de ser tan justa e tan razonable e tan con Dios como todos sabemos. E aun afuera de ser esta gente enemigos de la Fee, tienen tomada su tierra al Rey mi señor e mi sobrino, e aquella tierra fue de los Reyes donde él e la Reyna mi señora y hermana e yo venimos"
De manera clara y persuasiva el infante alude, tanto al carácter de "cruzada" que se va a adjudicar a la guerra en ciernes, como al concepto que luego se calificará de "reconquista", en circulación en los reinos cristianos de la Península desde el siglo XI. De paso, hay que ver con qué suavidad y dulzura don Fernando alude al rey, su sobrino, un niño de tierna edad. Pero sobre todo a la reina viuda, su cuñada, con la que no tarda en entrar en conflicto y a la que neutraliza políticamente a través de un auténtico golpe de fuerza.
Tampoco faltaba al infante otra cualidad que Ortega señala como típica del político, la ambición, compartida en este caso con su esposa y tía segunda doña Leonor, condesa de Alburquerque. Para redondear el mayor patrimonio nobiliario de la corona de Castilla, rodearse de una poderosa red clientelar y desarrollar en torno a sus personas un eficaz sistema de propaganda de cuño religioso y providencialista. Aun a costa de manipular burdamente la fecha de nacimiento de Fernando y hacerla coincidir con el día de San Andrés, símbolo de la fuerza material al servicio de la fe cristiana.
Pero en ningún momento cegó la ambición al infante, que pudo aprovechar la debilidad física de su hermano, Enrique El Doliente, o la minoría de edad de su sobrino, Juan II, para intentar sustituirlos en el trono. Fernando profesó a ambos una lealtad digna de admiración.
Reunía el infante algunas más de las cualidades que Ortega atribuye al político de casta. Como el no aferrarse a ideas, proyectos ni aliados y saber cambiarlos en el momento preciso. Así Fernando, al que tanto honor y nombradía reportaron las campañas contra los musulmanes de Granada, sobre todo la toma de Antequera, supo interrumpir la guerra, cuando primó para él el objetivo de hacerse con el trono de Aragón. Y cuando le convino, abandonó a su fiel aliado el antipapa Benedicto XIII, más conocido como El Papa Luna.
Tan señaladas virtudes fueron al fin coronadas por la suerte que, según Ortega, ampara también al gran político. De manera que, tras manejar con habilidad derecho, diplomacia y fuerza militar, don Fernando, infante de Castilla, y su esposa doña Leonor, condesa de Alburquerque, fueron coronados como reyes de Aragón en Zaragoza, en 1414.
Sin embargo, a la muerte del Rey acaecida dos años más tarde, si bien su primogénito se consolida en la Corona de Aragón como Alfonso V El Magnánimo, la reina viuda doña Leonor y sus otros hijos, "los infantes de Aragón", no consiguen mantener la hegemonía de su casa en la Corona de Castilla. Entre otras razones, porque desde punto y hora les falta la imprescindible unión y mutua lealtad.
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