Desde mi córner

Luis Carlos Peris

Fútbol ambos, sí, y qué diferentes

Tras jugarse en los cementerios de Huelva y de Cádiz, qué maravilla ver la pasión que abarrotó San Mamés

NADA que ver lo de los bolos con el fútbol de competición. Nada que ver colombinos y carranzas con lo de antier noche en San Mamés. Ambas cuestiones son fútbol, pero qué diferencia cuando hay en juego algo más que la plata de un trofeo. La diferencia entre el bolo y la competición va acrecentándose en progresión geométrica y sólo hay que comparar el ambiente del sábado con el del domingo, las gradas vacías del Carranza con las abarrotadas de San Mamés. Abarrotadas y llenas de la pasión que conlleva la competición, la conquista de unos puntos y, todavía más, cuando hay un título en el alero.

Ya se ha consumado prácticamente el tiempo de laboratorio, por lo que el fútbol amistoso, el de esos bolos sin interés y con un poder de convocatoria sólo testimonial, deja paso a la competición y a unos estadios con adecuada afluencia de espectadores. Lo que tenga que venir ya será a fuego real si exceptuamos algún residuo amistoso como el Gamper, el Bernabéu o ese Trofeo Antonio Puerta que alcanza su segunda edición. Es lo único que queda en este agosto más ferragosto que casi nunca para dar paso al verdadero fútbol, a ese fútbol febril que el domingo desempolvaban el excelso Barcelona y el voluntarioso Athletic en una leonera, no en un cementerio.

En dos semanas, la Liga, la autenticidad de ese invento maravilloso llamado fútbol y adiós al sucedáneo de unos torneos cada vez más abandonados por el fervor popular, que hay que ver cómo ni siquiera el cadismo se dio cita en Carranza para ver a su equipo ante dos equipos de tronío. Hace ya muchos años que los torneos de verano dejaron de tener tirón taquillero, pero es que lo de este agosto ya es para pensar qué razón de ser tiene la supervivencia de colombinos, carranzas, teresaherreras, demás parientes y afectos. Y que conste que me he referido a los tres que partían el bacalao cuando había bacalao, cuando el personal se arremolinaba en su torno como si no fuese sucedáneo.

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