desde mi córner

Luis Carlos Peris

Fútbol a las ocho menos diez, jo

Con vistas a terminar media hora antes la jornada, el penúltimo partido se va a jugar en un horario ridículo

PREGUNTA para iniciados: ¿Alguien recuerda si alguna vez se fijó un partido de la Liga española a las ocho menos diez? Es la última genialidad de los sicarios de Roures, léase Astiazarán y Tebas, en el espinoso y enloquecedor asunto de los horarios. A esa pintoresca hora, ocho menos diez de la noche del domingo 27 de los corrientes, va a jugarse un partido de Primera División por mandato expreso del nefasto mandarinato que maneja la cosa. Ni a la hora en punto ni a la media, nada, a las ocho menos diez. Ridículo horario que aún más a contraestilo se contemplará en la cartelería anunciadora de ese partido, el Athletic-Granada.

Y ese mandarinato insufrible justifica esta ridícula maniobra como medida con la que mejorar el horario de finalización de la jornada y así adecuarlo a las fechas invernales que vienen. La cosa es para adelantar el último partido en media hora, cuando lo más lógico, en aras al aficionado que va al campo, es que en víspera de un laborable tan laborable como el lunes, no debería haber partidos tan tarde. Que se juegue a las diez en sábado, con ser demasiado tarde y en clara competencia desleal con la hostelería en los tiempos de crisis que padecemos, todavía tiene un pase, pero salir de un campo cuando el domingo enfila la medianoche es una barbaridad.

Ya sé que en este asunto se machaca en frío, en muy frío, pero es que esta banda de impresentables manijeros se guardan para cada semana una carta en la bocamanga. En ésta, la sorpresita estriba en programar un partido a las ocho menos diez de la tarde, hora que ni siquiera sirve para dar tiempo a verlo en su totalidad a no ser que se prefiera perder el arranque del siguiente encuentro, ese Zaragoza-Sevilla que empieza a las nueve y media en la habitualmente gélida capital aragonesa en esos finales de noviembre. En fin, que como los clubes vendieron sus almas a Roures, la pena es ineludible y el infierno de unos horarios incomprensibles resulta inevitable.

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