UN instituto científico sueco ha estudiado, primero en ratones de campo y después en humanos, el comportamiento de los machos en su relación sexual con las hembras y ha concluido, para pasmo de la afición, que la fidelidad o la infidelidad masculinas no dependen de la psicología de cada cual, ni de la calidad de la pareja ni de las creencias o la educación recibida. Dependen de los genes.

Los científicos han descubierto un gen -la variante 334 lo llaman, como si estuvieran hablando de una carretera- que resulta decisivo en cuestión de cuernos. Dos de cada cinco hombres tienen ese gen, y son los más propensos a engañar a sus parejas; los que carecen de él, en cambio, presentan más capacidad de compromiso con ella y, por tanto, se muestran menos dados a la promiscuidad.

Yo estas cosas nunca termino de creérmelas del todo porque sigo la escuela de Dilthey, que hace un montón de años escribió que la vida de un ser humano es una trama misteriosa de azar, destino y carácter. Desde luego que el destino, entendido como el conjunto de factores genéticos que te predisponen a ser inteligente o torpe, guapo o feo, feliz o desdichado, tiene una gran importancia en la existencia de una persona, pero no me negarán que la fuerza y la voluntad -el carácter- también influyen lo suyo, y para qué dudar de las potencialidades del azar, capaz por sí solo de truncar una vida o solucionarla.

Acorde con este pensamiento, creo que un individuo será fiel o infiel dependiendo de sus convicciones, el contexto social en el que vive, los valores transmitidos, sus rasgos psicológicos y circunstancias vitales concretas, pero también de la oportunidad azarosa e inmanejable que se le presente y también -hagamos caso a los suecos- de su particular biología. No creo que por sí solos los genes expliquen ninguna infidelidad. Precisamente en la sociedad contemporánea e igualitaria, la mujer empieza a disputarle al hombre la cabecera en el ránking de la infidelidad, lo cual parece justo ( y justificado, según qué hombres), y no creo que sus genes hayan variado.

Si siguiéramos a pies juntillas estas teorías del determinismo genético, las relaciones de pareja heterosexual sufrirían un cambio tremendo. Los hombres propicios a la cama ajena se escudarían en el dichoso gen cuando fueran sorprendidos en adulterio ("no es lo que parece, querida, la culpa es de mi código genético"), pero también las mujeres podrían exigir un certificado genético previo a la formalización de la pareja en evitación de sorpresas.

-Si quieres que nos vayamos a vivir juntos, tráeme el certificado de penales, una fe de soltería, la prueba negativa del sida y un perfil genético homologado.

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