Cuchillo sin filo
Francisco Correal
Zapatos en una panadería
Han sido descritas unas sesenta especies de la planta arborescente conocida como drago, siendo Dracaena drago la más vigente en nuestro entorno, que es originaria de Macaronesia -archipiélagos de Madeira, Azores, Salvajes, Canarias y Cabo Verde- y del sudoeste de Marruecos. Su nombre puede provenir del griego drakaina, que significa hembra de dragón. Los aborígenes canarios adoraban esta bella planta desde tiempos remotos y utilizaban su resina como producto medicinal y tinte para el pelo, adquiriendo con él una tonalidad dorada, el que usarán las mujeres venecianas a partir del Renacimiento. Son propios de zonas costeras o de interior sin heladas prolongadas y veranos no muy calurosos, siendo frecuentes en el ambiente urbano de ciudades como Cádiz o Málaga. Más escasos en Sevilla, se encuentran representados en el Muelle de la Sal, con unos veinticinco ejemplares frente al Monumento a la Tolerancia de Chillida; en la plaza de Cuba, donde sólo uno sobrevive por ausencia de tratamiento fitosanitario; en el Parque Amate; en el Parque de María Luisa, tras la glorieta de Ofelia Nieto; en el campus de Reina Mercedes o en la glorieta del Paseo Catalina de Ribera cercana a la calle San Fernando.
Desde antaño, se cuentan infinidad de leyendas relativas a unas plantas mágicas que poblaban las tierras de las costas gaditanas y los ancestrales valles terciarios de serranías y sierras cercanas al Estrecho, como la de Grazalema. Algunas representaciones artísticas lo reflejan, entre ellas, el magnífico bronce arcaico de Samos del siglo VII a. C. que muestra la lucha entre Heracles y el mítico rey de Tartessos Gerión ante la figura de un drago en los antiguos campos de la legendaria Gadir fenicia. Diversos autores clásicos grecorromanos ya hacían referencia a una sustancia rojiza de origen incierto que poseía virtudes medicinales y tintóreas; en este sentido, el relato anónimo del siglo I d. C. Periplo del Mar Rojo indica que se extraía de unos árboles de la isla Dioscúrides, correspondiendo estos probablemente a una especie asiática de drago. Estas singulares plantas aparecen en imágenes pictóricas sobre temas bíblicos alusivos a la Huida a Egipto de la familia de Jesús de Nazaret o al Jardín del Edén, como El Jardín de las Delicias de El Bosco.
Sería el médico y naturalista sevillano Nicolás Monardes el que acuñara definitivamente el término dragón, describiendo la supuesta forma draconiana de la semilla dentro del fruto de una planta traída desde el Nuevo Mundo hasta su jardín botánico de la calle Sierpes. Hoy sabemos que se trataba de una especie americana de drago y que tal descripción es pura fábula, y también que su resina adquiere un color rojizo semejante a la sangre al oxidarse con el aire: la sangre de dragón...
"Yo traigo el fructo del árbol de donde sacan la sangre de drago, que es cosa maravillosa de ver, porque es como un animal... pues su fructo da nombre al árbol y a la goma y lágrimas que de él salen" (Nicolás Monardes, 1571).
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