la tribuna

Rafael Rodríguez Prieto

Hitler en Wall Street

UN querido profesor y amigo de la Universidad de Brandeis me dijo una vez que buena parte del legado ideológico nazi había sobrevivido a la feliz destrucción de Hitler. Su afirmación me sorprendió. De todas formas, pensé que debía reflexionar sobre ella, especialmente porque procedía de alguien que había sobrevivido al Holocausto. Años después no puedo hacer más que dar la razón a mi viejo maestro.

Hace unos meses tuve la oportunidad de leer un libro excelente titulado Auschwitz, siglo XXI. Hitler como precursor. El trabajo, publicado en 1998, rebatía la tesis de que el nazismo era algo excepcional en la modernidad. Su autor -Carl Amery- estimaba que el nazismo debe inscribirse en los procesos de secularización, industrialización y del factor productivo ciencia. Es más: para el autor alemán, elementos relevantes del ideario de Hitler han permanecido hasta nuestros días.

Hoy padecemos una de las crisis cíclicas del capitalismo. Los que la provocaron no han sufrido las consecuencias; al contrario, son más ricos que antes. Mientras, en la mayor parte del mundo el hambre no deja de crecer. Las razones que justifican esta injusticia no están lejos de las que un día ensalzaron otro totalitarismo. Los nazis sustentaron gran parte de su programa en el darwinismo social. Las concentraciones empresariales son una manifestación de este tipo de ideología. No importa lo despiadado que sea un plan para la vida de las miles de personas que son afectadas por la praxis de este darwinismo. Lo realmente relevante es que el mercado quede satisfecho con el sacrificio que corresponda y los accionistas estén contentos.

Las hambrunas, el paro, la miseria son sólo consecuencias colaterales de las que nadie se siente realmente responsable. La impersonalidad al teclear en la computadora sucesivas órdenes o apuntes contables que agravarán las condiciones de vida de personas o las condenarán a muerte por desnutrición o por enfermedades evitables, es la forma en que se canaliza esa irresponsabilidad. Los flujos que van y vienen encareciendo alimentos o arruinando haciendas adquieren una personalidad propia y etérea. Albert Speer, el arquitecto de Hitler, reconoce en sus memorias que todas las estructuras del nazismo estaban dirigidas a evitar la aparición de conflictos de conciencia. ¡Qué poco cambia todo!

Otros elementos inscritos en el ADN del nazismo, racismo y biologicismo no son cosa del pasado. Puede que sea cierto que a nadie se le excluye del gran banquete del mercado por su color de piel. Empero, no es menos verdad que un cierto racismo es usado para culpar a los pobres de su situación o con afán de justificar los sacrificios, que no se exigen los responsables reales de la hecatombe financiera. Todos hemos leído o escuchado los agravios hacia los "sureños" en el seno de la UE. También hemos oído a políticos utilizar ese recurso como arma electoral, ya sea en Alemania o España. El pensamiento neoliberal explica la pobreza culpabilizando a los propios pobres. "No se esforzaron lo suficiente; son unos vagos." En este sentido cabe recordar la formula hitleriana de la alternancia de los pueblos dominantes y el desprecio hacia otras culturas o etnias. Pero si algo se manifiesta con diáfana claridad es la idea de selección ante un panorama de escasez. Ante la cuestión de si hay recursos para todos, la respuesta es negativa y, por consiguiente, es imprescindible optar y seleccionar.

La creciente selección de personas que se lleva a cabo en las fronteras de los Estados con un bienestar relativo es una muestra de ello. Los criterios se hacen cada vez más restrictivos, culpando a los extraños de todo, si las cosas no van bien. En el resto de la vida social también se dan ejemplos de la dicha selección. No sólo me refiero al darwinismo social, tan denostado oficialmente y tan encumbrado en la praxis, que sirve de marco de referencia para la producción de bienes y servicios. Hablo de selecciones que implican la destrucción consciente de nuestra naturaleza o de las cribas que realizan las agencias de seguro con los potenciales enfermos o ancianos. No estamos lejos de que la genética permita ampliar la selección como en la película Gattaca, donde se especulaba con un futuro de discriminaciones genéticas. Ninguna norma lo podrá impedir, ya que la suprema lex es la del mercado capitalista, su eficiencia y la maximización del beneficio.

El desprecio a la democracia y a la idea de justicia social es también moneda corriente en nuestros días. Aquellos Estados donde los derechos humanos están más ausentes son los más propicios para el capitalismo. Todas las medidas dirigidas a posibilitar mayor participación de los ciudadanos o hacer más justa la asignación de bienes o servicios se consideran potencialmente desestabilizadoras y peligrosas. Las agencias de calificación de riesgo amenazan a los países para que, independientemente del resultado electoral, mantengan las mismas políticas fracasadas. No en vano los nazis fueron los primeros en privatizar servicios públicos y contaron siempre con el entusiasta respaldo de los grandes capitalistas. Sin embargo, existen relevantes diferencias entre nazismo y neoliberalismo tanto en características como en consecuencias. Pero como decía Bauman, en un sistema en que la racionalidad y la ética apuntan en direcciones opuestas la humanidad es la principal derrotada. Hitler vive en Wall Street obsesionado con el DAX.

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