Cuchillo sin filo

francisco Correal

Inocentes

NO. No tengo el cuerpo para elucubrar, para opinar. Cuando escribo estas líneas es al final de una dura jornada de trabajo, una brega cotidiana en la que no me ha dado tiempo a leer periódicos, a ver informativos. Apenas unas páginas de una novela en el autobús y después en la consulta del dentista. Con una frase que he subrayado: "nunca he pedido a nadie que delatara a sus amigos, pero le pediré a cualquiera que delate a sus enemigos, especialmente si también lo son míos". ¿En qué momento alguien puede convertir en enemigos a unos niños? Un niño, por naturaleza, no tiene enemigos, aunque nos dice la triste realidad que no dejan de aparecerle. ¿En qué momento un padre se convierte en verdugo de sus propias hijas? Me gusta la palabra Pontevedra por sus connotaciones geográficas, balompédicas, por aquel viaje al yacimiento arqueológico de Campo Lameiro en el que faenaban mis hermanos. Recuerdo que en la estación de autobuses de Pontevedra leí una entrevista que Rosa Montero le hacía a Guillermo Pérez Villalta. Pero el otro día escribí la palabra Pontevedra en el ordenador y los teletipos informaban del padre que le había quitado la vida a sus dos hijas en su vileza de custodia compartida. Hay días en los que las hermosas palabras no valen para nada.

La crueldad máxima es el daño delegado. El horror prestado de querer infligirle al centro del odio, de la aversión, la más dolorosa de las afrentas. Estas dos niñas han sido mercancía, mensaje, semiótica del espanto para hacer daño en el territorio abisal del rencor, de la suspicacia.

Alguien que las quiso, que lloró cuando dieron sus primeros pasos, que pasó la duermevela con los llantos, que planeó proyectos, viajes, cuentos, se convirtió en el Herodes de un relato macabro. Es la peor noticia del día, del año, del siglo. El obispo de San Sebastián ha dicho que la Tercera Guerra Mundial se libra en el seno de las familias. Este artículo no es una cuestión de fe. La vida es sagrada. La muerte, también. Es la congoja del padre, la rabia del periodista que se rebela contra la noticia asociada a la palabra que tantas veces asoció con la felicidad de un viaje, con el valor de una proeza balompédica, aquel Pontevedra invencible en Pasarón.

Un niño no es una mercancía, un rehén en ese duelo de trincheras cotidianas. ¿Quién protege a los indefensos del abrazo homicida que antaño los acunó, los protegió, les marcó el atlas de las caricias y la sonrisas? La truncada sonrisa infantil. Ese antídoto contra la tristeza y la melancolía.

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