LA tradición es la personalidad del imbécil y en su nombre se pueden hacer, por ejemplo, auténticas barbaridades con animales. O ceremoniales tan sublimes para unos como ridículos, hasta la náusea, para otros. A los pueblos se les juzga y cataloga por sus rituales, pero a los individuos por sus hechos los conoceréis.

Y padeceréis: empieza a resultar irritante que tanto Rajoy como Rubalcaba sigan haciendo gala de buena voluntad a prueba de bomba para que el presidente del Gobierno pueda presentarse ante los socios europeos bendecido por el principal partido de la oposición. Como si esa repanocha política fuera la panacea. Aunque por algo se empieza y ya es hora de que los dos grandes líderes dejen de tirarse ladrillos mientras las conquistas sociales se van desvaneciendo como polvo en el viento de esa crisis ante la que un presidente del Gobierno fue miope y en la que otro parece a verlas venir.

También son difíciles de entender, al menos extramuros de Cataluña, esos irreductibles furores independentistas indesmayables pese al varapalo de las urnas y que ahora se manifiestan en forma de gira exterior de Artur Mas, aunque el ministro de Defensa francés no sucumbió a sus encantos y el lunes le dio un plantón soberano, valga la redundancia.

Tampoco defrauda Otegi, el etarra recauchutado en pacifista que ahora se siente maltratado por la justicia, aunque recordando su desdén con las víctimas de ETA, le pueden dar por el tafanario.

Y más que insufrible, insuperable, Esperanza Aguirre, que califica de "hipócritas e insolidarios con los parados" a los que rechazan la eliminación del salario mínimo, pese a que la dama de hierro de Chamberí cuenta en su libro biográfico que no tener pagas extra le tiene mártir y a la pobre a veces le cuesta llegar a final de mes.

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