la ciudad y los días

Carlos Colón

José Enrique Ayarra

JOSÉ Enrique Ayarra celebra hoy medio siglo como organista de la Catedral de Sevilla. Superviviente de dos trasplantes, uno de tierra y otro de riñón, en ninguno de los dos casos sufrió rechazo. Y eso que Sevilla tiene fama de acoger con los brazos abiertos, pero con el corazón cerrado. Y que Ayarra, aragonés que en medio siglo no ha matizado su noble, franca y ruda cordialidad, ni su acento, no ha hecho nada por asimilarse a los caprichos, tópicos o poderes de la ciudad. Pero sí a su alma o a su espíritu: dando vida al inmenso legado musical de la Catedral; poniendo a Sevilla -como dicen los políticos- en el mapa mundial del magisterio y la interpretación organística; investigando e interpretando la herencia musical, no sólo de la Catedral, sino de Sevilla y su provincia; promoviendo incansablemente iniciativas musicales en colaboración con instituciones públicas o privadas, como Focus. Por eso se ha ganado el respeto de esta ciudad que jalea tanto como desprecia a los chuflas, respeta a quienes la respetan y quiere a quienes la quieren sin hacer aspavientos de facilona sevillanería.

Predicador que habla de Dios pulsando las 254 teclas del gran órgano de la Catedral, Ayarra sabe -como Bach o Messiaen- que la música es la forma más pura, directa y auténtica de abrir la sensibilidad a la experiencia de lo sagrado. Por eso venera a Juan Sebastián Bach. Hasta el cínico y ateo Cioran hubo de rendirse a Bach: "Cuando escuchamos a Bach vemos germinar a Dios. Su obra es generadora de divinidad… Bach es la única cosa que te da la impresión de que el universo no es un fracaso. Todo en él es profundo, real, sin teatro… Sin Bach, la teología carecería de objeto, la Creación sería ficticia, la nada perentoria. Si alguien debe todo a Bach es sin duda Dios… Sin Bach, yo sería un nihilista absoluto". Y tras Bach, tantos otros músicos… Contaba Ayarra al compañero Paco Correal: "Una vez toqué el Tríptico del Buen Pastor de Guridi. Al final se me acercó un señor mayor para decirme que quería confesarse, que no lo hacía desde su primera comunión. Una de las muchas veces que actué en Rusia, vino una periodista de Radio Moscú a entrevistarme. No hablamos nada de música. Me preguntó por mi relación con Dios". Federico Sopeña solía decir que la única imagen creíble de la vida en el más allá fue la que expresó San Agustín: "Seremos como música".

Esta tarde Ayarra recibe el homenaje de esta ciudad que le respeta y le quiere, celebrando sus bodas de oro como organista de la Catedral al teclado del instrumento que ha sido su privilegiado púlpito. Muchas felicidades, querido amigo.

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