Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
QUIERO sumarme a los actos de recuerdo y homenaje a don Gaspar Melchor de Jovellanos que la Real Academia Sevillana de Buenas letras y el Patronato del Alcázar han realizado estos días pasados en el salón del Almirante del palacio sevillano, en conmemoración de su bicentenario. Hoy 28 de noviembre, se cumplen doscientos años de la muerte del insigne personaje, en Puerto de Vega, pequeño lugar de la costa asturiana.
Homenajeado por sus paisanos de Gijón, en su enterramiento colocaron una lápida que dice: "Aquí yace el Excmo. Señor D. Gaspar Melchor de Jovellanos, magistrado, ministro, padre de la patria, no menos respetable por sus virtudes, que admirable por sus talentos; urbano, recto, íntegro, celoso promovedor de la cultura y de todo adelantamiento en su país: literato, orador, poeta, jurisconsulto, filósofo, economista; distinguido en todos los géneros, en muchos eminente: honra principal de España mientras vivió, y eterna gloria de su provincia y su familia, que consagra a su esclarecida memoria este humilde monumento".
Es un resumen apretado y elocuente de la personalidad de Jovellanos, de su capacidad y de la importancia de su obra. A los sevillanos nos cabe la suerte de haber tenido al personaje en nuestra ciudad desde 1768 a 1778, en una época crucial para la historia de España y para Sevilla. Y también para el joven ilustrado.
Según sus propias palabras, "en Sevilla le habían nacido las entrañas". Es la ciudad de Pablo de Olavide, asistente de la misma, cuya famosa tertulia del Alcázar reunía a las cabezas más claras de su momento. Un día a la semana se organizaba un concierto y el resto se discute de filosofía, religión, ciencia. Se oyen las últimas producciones literarias y dramáticas francesas o italianas. Jovellanos la frecuenta y conoce a Antonio Ulloa, Francisco de Bruna, Ignacio Luis de Aguirre, Miguel Maestre, el conde de Malaspina, Antonio González de León, etcétera... En la biblioteca de Jovellanos hay obras castellanas, inglesas, francesas, latinas, italianas, portuguesas. Bacon, Hume, Milton, La Fontaine, Montesquieu, Voltaire, Rousseau, un ejemplar de la Enciclopedia de Diderot, etcétera... Y todo ello con licencia de la Inquisición. Era hombre precavido. En Sevilla lee y empieza a escribir. De aquí sale para los más altos destinos del estado. Con la invasión francesa vive el drama de todos los ilustrados españoles, llamados afrancesados. O la razón o la patria. España se defendió de Bonaparte, y vivió episodios brillantes como la Constitución de 1812. Pero se perdió el impulso de la renovación de España que tantos ilustrados tenían en mente y por la que estaban trabajando. Jovellanos fue uno de ellos, quizás el más importante. En sus últimos años es propuesto para ministro por José Bonaparte. Lo rechaza y acepta ser vocal de la Junta Suprema del Reino que lucha contra los franceses. Con la Junta llega de nuevo a Sevilla. Han pasado treinta años desde su salida de nuestra ciudad. Salió un joven maduro y en su esplendor. Vuelve viejo, cansado. En gran medida el ideal ilustrado muere con él.
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