La tribuna

josé María Agüera Lorente

Libre te quiero

SI confeccionáramos una relación de los problemas más sobados a lo largo de la historia de la filosofía, en ella tendría que figurar sin duda el de si existe el progreso moral: ¿tenemos razones para creer que las sociedades humanas actuales representan una mejoría ética respecto de las de antaño?

No sabría yo responder en términos absolutos. Pero en los momentos en que lucho a brazo partido contra mi pesimismo temperamental, para sobreponerme a él pienso en la mujer. Porque me digo a mí mismo que la paulatina mejoría de su situación es prueba sin duda favorable a la existencia del dichoso progreso moral. Bien es cierto que hay que circunscribirla a ciertas parcelas del mapa mundi, y que aún queda para que nacer mujer no suponga una desventaja natural de partida.

Por lo que a nuestro país respecta la ganancia ha sido notable en múltiples planos: político, económico, social… No obstante, sería irresponsable regodearse en la satisfacción que produce lo logrado y darlo por consolidado, pues hay que tener siempre presente que lo mismo que se gana en derechos y libertades, siempre muy trabajosa y lentamente, se puede perder en poco tiempo y casi sin darnos cuenta todo lo ganado. Este es un axioma universalmente válido para cualquier colectivo, ya sea minoría o mayoría. Además, hay motivos para mantener la tensión, como trataré de mostrar.

Ya hace tiempo que forma parte esencial del discurso oficial de lo políticamente correcto todo lo referente a los planes de ayuda, protección y discriminación positiva de la mujer, expresión de las mejores intenciones de nuestros gobernantes, que, para que quede patente que no se trata de concesiones hechas a las -para no pocos- revoltosas feministas, se tornan cuerpo tangible en el Instituto de la Mujer. De manera que podemos decir, con todos los peros de una crítica inteligente, que la mujer tiene sus valedores institucionales en la ya larga lucha por su prosperidad.

Y, sin embargo, hay ciertos hechos cuya comprobación se halla al alcance de cualquiera, dado que forman parte sustancial de la vida cotidiana, y que, cuanto menos, son paradójicos si los ponemos en conexión con todo lo anterior. Pues la promoción oficial del lenguaje no sexista hasta extremos en ocasiones fronterizos con el contorsionismo lingüístico ("trabajadores y trabajadoras", pero también ¿"miembros y miembras"?) convive con la discriminación salarial crónica en razón del sexo (las españolas cobran por término medio un 24% menos que los españoles por la realización del mismo trabajo); la tan proclamada emancipación de la mujer se evidencia ilusoria cuando conocemos del régimen de vida de las trabajadoras sometidas a la implacable dictadura de los horarios laboral y familiar, ámbitos los dos de trabajo casi siempre y raramente de realización personal; la liberación sexual se desvanece cuando se manifiestan, en las coyunturas propicias, los prejuicios morales de siempre: el hombre promiscuo ensalzado como semental objeto de emulación frente a la libertina casquivana que al entregarse a los deleites de la carne se pierde el respeto a sí misma y se merece la censura implacable de las de su mismo sexo; la educación en igualdad diseñada en los proyectos escolares que se publicita fanfarronamente se estrella contra esa otra publicidad, verdaderamente abrumadora, que satura a todas horas todos los escaparates mediáticos, en los que es la norma el estereotipo de mujer florero al tiempo que apenas si se vislumbra una alternativa crítica al mito del príncipe azul, fomentando de este modo una malsana cultura de las relaciones de pareja, en la que se asume que caben naturalmente la posesión y los celos.

Ante todo lo expuesto tiene sentido preguntarse si no será que la mujer aún no ha conseguido enfrentarse al espejo con el rostro totalmente limpio de maquillajes. Si no está todavía por hacer entre todos esa ética social (que no institucional) que finiquite la caduca moral que aún -reconozcámoslo o no- define nuestras actitudes y (pre)juicios, que son los que determinan de verdad las conductas que entretejen la intrahistoria de nuestra sociedad actual.

Decía la protagonista de Te doy mis ojos, la magnífica película de Icíar Bollaín sobre el maltrato de género, cuando ya había conseguido romper la cadena conyugal al fin, después de un terrorífico calvario plagado de humillaciones: "tengo que verme; no sé quién soy". Es responsabilidad de la comunidad crear las condiciones efectivas para que cada mujer pueda averiguar quién es y que tenga la oportunidad de elegir quién quiere ser. Entonces, y sólo entonces, podremos decir que hacemos auténticamente nuestras las palabras del poema escrito por el libertario pensador García Calvo, luego convertido en hermosa canción por Amancio Prada, y que reza así: "Libre te quiero…Pero no mía, ni de Dios, ni de nadie."

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios